En 2050, el planeta tendrá 9.000 millones de
habitantes. En consecuencia, hay que producir más alimentos. Pero si su precio
sigue subiendo, comprar comida estará al alcance de pocos. Según cifras
oficiales, más de 800 millones de personas sufren hoy hambre y desnutrición.

Tras señalar que ya no hay tiempo para seguir
hablando y que es necesario actuar con urgencia, el Director General de la FAO,
Jacques Diouf, solicitó a los líderes mundiales 30 000 millones de dólares
EE.UU. anuales para relanzar la agricultura y evitar amenazas futuras de
conflictos generados por la carestía de los alimentos.
En un discurso
apasionado en la apertura de la Cumbre de Roma, convocada para hacer frente a la
actual crisis alimentaria mundial, Diouf indicó que en 2006 el mundo gastó 1,2
billones de dólares EE.UU. en armamento, mientras se desperdició comida por
valor de 100 000 millones de dólares y el exceso de consumo por parte de los
obesos ascendió a otros 20 000 millones a nivel mundial.
“Frente a este
telón de fondo, ¿como explicamos a personas con sentido común y buena fe que no
es posible encontrar 30 000 millones de dólares al año que permitan a 862
millones de personas hambrientas disfrutar del más elemental de los derechos
humanos: el derecho a la alimentación, y por tanto el derecho a la vida?, se
preguntó Diouf.
“Son recursos de esta magnitud –añadió- los que
permitirán enterrar de forma definitiva el espectro de los conflictos por los
alimentos que se anuncian inminentes en el horizonte”
Incremento de la
producción en los países pobres
“La solución estructural al problema
de la seguridad alimentaria en el mundo estriba en incrementar la producción y
la productividad en los países de bajos ingresos y déficit alimentario”,
aseguró.
Ello requiere “soluciones innovadoras e imaginativas”, que
incluyen “acuerdos de asociación entre países que tienen recursos financieros,
capacidad de gestión y tecnología y países que tienen tierra, agua y recursos
humanos”.
La presente crisis alimentaria mundial ya ha tenido, según
Diouf “trágicas consecuencias sociales y políticas en diferentes países”, y
podría poner en peligro aún más “la paz y la seguridad mundiales”.
Pero
advirtió que la crisis es en esencia “la crónica de un desastre anunciado”. A
pesar de la promesa solemne realizada durante la Cumbre Mundial sobre la
Alimentación de 1996 de reducir a la mitad el número de hambrientos en el mundo
para 2015, los recursos para financiar programas agrícolas en países en
desarrollo no solo no han aumentado, si no que han disminuido de forma
significativa en estos años.
Programa contra el
hambre
Según un programa preparado para la segunda cumbre mundial
sobre la alimentación celebrada en 2002, se habrían necesitado 24 000 millones
de dólares para financiar dicho programa, recordó Diouf.
Pero, continuó,
“hoy los hechos hablan por sí solos: entre 1980 y 2005, la ayuda a la
agricultura cayó de 8 000 millones de dólares EE.UU. (con valor de 2004) en 1984
a 3 400 millones en 2004, con una disminución en términos reales del 58 por
ciento”.
El porcentaje dedicado a la agricultura dentro de la Ayuda
Oficial al Desarrollo descendió de un 17 por ciento en 1980 al 3 por ciento en
2006, añadió.
Los países en desarrollo, junto a la FAO, elaboraron
políticas, estrategias y programas que habrían garantizado la seguridad
alimentaria mundial, de haber recibido los fondos apropiados, indicó el
responsable de la Organización de la ONU. “Lamentablemente –explicó-, la
comunidad internacional reacciona tan solo cuando los medios de comunicación
llevan a las hogares de los países ricos el espectáculo estremecedor del
sufrimiento en el mundo”.
Inestabilidad política y
social
El Director General aseguró que ya había alertado a la opinión
pública el pasado septiembre sobre los riesgos de inestabilidad social y
política provocados por el hambre, y que en diciembre había solicitado 1 700
millones de dólares EE.UU. para ayudar a los campesinos a superar la crisis con
semillas, fertilizantes, piensos para los animales y otros insumos.
Pero
en general este llamamiento no había sido escuchado, a pesar de la amplia
cobertura mediática y la correspondencia con los Estados Miembros y las
instituciones financieras. “Solamente cuando los desposeídos y los excluidos de
las mesas abundantes de los ricos salieron a la calle para expresar su
descontento y desesperación, se produjeron las primeras reacciones a favor de la
ayuda alimentaria”, se lamentó Diouf.
“Hoy es importante darse cuenta
que hace tiempo que se acabó el tiempo para discutir. Ha llegado la hora de
pasar a la acción”, subrayó.
En la actualidad hay 862 millones de
personas en el mundo sin acceso adecuado a los alimentos, recordó el responsable
de la agencia de Naciones Unidas. Pero la presente crisis alimentaria ha ido más
allá de su dimensión humanitaria tradicional ya que también ha afectado a los
países desarrollados, en donde se ha disparado la inflación.
Decisiones valientes
“Si no tomamos de forma urgente
-advirtió Diouf- las decisiones valientes que requieren las circunstancias, las
medidas restrictivas que tomarán los países productores para cubrir las
necesidades de sus poblaciones, el impacto del cambio climático y la
especulación sobre los mercados de futuros pondrán al mundo en una situación de
peligro”.
Se necesitan soluciones sostenibles y viables para reducir la
diferencia entre la oferta y la demanda. En caso contrario “cualesquiera que
sean sus recursos financieros, algunos países no encontrarán alimentos para
comprar”.
El responsable de la FAO señaló que las contradicciones y
distorsiones a nivel político internacional han contribuido a la actual crisis.
“Nadie entiende –dijo- como en los países desarrollados puede crearse un
mercado par las emisiones de carbono por valor de 64 000 millones de dólares
EE.UU., pero no se encuentran fondos para prevenir que cada año la deforestación
destruya 13 millones de hectáreas”.
Alimentos contra combustible
También resulta incomprensible el hecho de que hayan sido necesarios
subsidios por valor de entre 11 000 y 12 000 millones de dólares para desviar
100 millones de toneladas de cereales para el consumo humano “en su mayor parte
para satisfacer la sed de combustible de los vehículos”.
Igualmente
inexplicable es el hecho de que en la época de la globalización no ha habido
inversiones importantes para prevenir una larga lista de enfermedades animales
transfronterizas, comenzando por la enfermedad de Newcastle y la fiebre aftosa.
Pero la contradicción básica estriba en el hecho que los países de la
OCDE están distorsionando los mercados mundiales, ya que tan solo en 2006
gastaron 372 000 millones de dólares en subsidios a su agricultura.
“El
problema de la inseguridad alimentaria es político –concluyó Diouf-. Es una
cuestión de prioridades de cara a una de las más fundamentales necesidades
humanas. Y son los Gobiernos con sus decisiones los que determinan el reparto de
los recursos”.
En 2050, el planeta tendrá 9.000 millones de habitantes. En
consecuencia, hay que producir más alimentos. Pero si su precio sigue subiendo,
comprar comida estará al alcance de pocos. Según cifras oficiales, más de 800
millones de personas sufren hoy hambre y desnutrición.
Los países
emergentes tienen mayor poder adquisitivo. Sus ciudadanos comen más. Han pasado
de las 2.150 calorías por persona y día en los años 70 a unas 2.800 calorías de
media. Además compran más carne.
El clima está cambiando, las catástrofes
naturales arruinan cosechas enteras. Los países importadores compran cada vez
más alimentos, pero la oferta de los exportadores es menor. Su precio sube y
sube, un 83% en solo tres años.
Y además, parte de la producción se
dedica a combustibles alternativos fabricados con alimentos, porque la energía
clásica, petróleo y gas, es muy cara.
Los expertos coinciden en señalar
que la tradicional ayuda alimentaria no es una solución en los países pobres. El
reto es desarrollar su agricultura local