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Investigadores chilenos, mexicanos y españoles crearán un banco genético de
peces y otros animales marinos. Uno de los objetivos es garantizar la seguridad
alimentaria. Además, se busca conocer el impacto del cambio climático y la
sobreexplotación pesquera en las especies que se comercializan.

Desde hace miles de años, los seres humanos se dedican a “cultivar” peces en
ambientes controlados para luego servirse de ellos como alimentos. Ahora, un
grupo de investigadores se propone ir un paso más allá. Pondrán en marcha el
primer banco genético de acuicultura, donde conservarán información sobre peces,
crustáceos y moluscos.
El proyecto tiene una duración de tres años y comienza en 2008. Costará un
millón de dólares. El gobierno de Chile, a través de Corfo-INNOVA, aportará 600
mil dólares, y habrá cofinanciamiento con empresas privadas del sector acuícola.
Participan del proyecto la Universidad de Concepción, a través de su Centro
de Biotecnología (CBUdeC); la Universidad Católica del Norte, ambas de Chile, el
CICESE de México, y las universidades de Cádiz y de Oviedo de España.
¿Para qué sirve tener un banco genético de ese tipo? Según explica uno de los
líderes de la iniciativa, Cristian Gallardo, el estudio de la diversidad
genética de las poblaciones es una de las formas de determinar el efecto de las
modificaciones ambientales. Por ejemplo, el impacto del cambio climático y de la
sobreexplotación de pesca.
“Con las técnicas actuales es posible establecer una huella genética de un
individuo o población y rastrear cómo ha variado a través del tiempo su
constitución genética. Dicha información permite establecer medidas de
conservación de recursos acuícolas y evaluar el efecto de la administración de
los recursos pesqueros, entre otras”, dijo a la Agencia CyTA, Gallardo, del
Centro de Biotecnología de la Universidad de Concepción.
Bioseguridad alimentaria
“En términos de trazabilidad, esto es, de la determinación del origen de un
producto alimenticio, nos permite certificar la inocuidad de los productos
producidos en Chile y diferenciarlos a su vez, de sustitutos o fraudes”, agregó
el especialista.
El lugar físico del banco de información genética para la industria
alimentaria de exportación será el centro de biotecnología de la Universidad de
Concepción. La colaboración internacional se basará en la búsqueda de marcadores
moleculares de ADN que permitan establecer la ‘huella genética’ de los peces.
El proyecto se realiza en el marco de diversas normativas y regulaciones de
la industria alimentaria a nivel internacional. Así, se busca certificar la
bioseguridad de los pescados como alimentos.
“Los mercados finales donde son exportados los productos acuícolas chilenos
como Europa, Norteamérica y Asia, han aumentado las exigencias en torno al
desarrollo de sistemas de trazabilidad. Regulaciones como la COOL, reglamento
Europeo y ley de bioterrorismo han propiciado la implementación de herramientas
que permitan la identificación animal”, destacó Gallardo.
El banco genético servirá de base para conocer el impacto de sustancias
tóxicas en los pescados en la salud humana. En definitiva, la iniciativa tendrá
por objetivo que las grandes cadenas de distribución puedan conocer la
procedencia del pescado y los mariscos.
Huellas genéticas
Para la doctora Laura Luchini, de la Dirección de Acuicultura de la
Secretaría de Agricultura, Ganadería, Pesca y Alimentos (SAGPyA) de la
Argentina, el proyecto tiene mucha importancia para la región del cono Sur. “Es
una inmensa novedad puesto que no es lo mismo un salmónido pescado en el mar,
cuya trazabilidad es imposible de determinar, que un salmónido o cualquier otro
organismo acuático (de agua dulce o marina) de cultivo. La gran proyección de
Chile en el mundo con su actual producción de salmónidos, justifica la creación
del banco genético”, dijo.
“Chile exporta gran parte de su volumen a diferentes países y entre ellos a
los de la Unión Europea, donde se requiere contar con la llamada "trazabilidad"
según las normativas. De esa forma Chile podrá demostrar desde la reproducción y
a través de todo el cultivo, dicha ‘traza’ con certificaciones adecuadas”,
agregó Luchini.
Chile es el primer productor de salmónidos, como la trucha arco-iris y varios
salmones, en el mundo y el segundo de salmón del Atlántico (Salmo salar) detrás
de Noruega. Según informó Luchini, su producción exportada para el año 2007 en
salmón y trucha alcanzó las 498.360 toneladas, por un valor de 2.326 millones
dólares estadounidenses. “El salmón y la trucha en Chile constituyen el 61% de
las entradas generadas por los peces de exportación y el 35% de lo exportado por
volumen”, detalló.
Con respecto a la Argentina, la especialista destacó que este país recién
comienza a tener desarrollo en acuicultura. Especialmente, en agro-acuicultura
de peces de aguas cálidas en el Noreste argentino y de trucha arco-iris en un
polo de desarrollo productivo en el norte de la Patagonia (por el momento, en el
embalse de Alicurá).
Luchini destacó además, que el total de la acuicultura en Argentina no
alcanzó las 3.000 toneladas en 2006, pero la tendencia es que la producción
general aumenta. A diferencia de Chile, Argentina no posee sobre el Atlántico la
potencialidad de sitios resguardados (como los fiordos chilenos) para un
desarrollo en salmónidos. Por otra parte, “cada día nuestro país es más agrícola
y la frontera agraria se expande aún más con los cultivos de soja y maíz, entre
otros”, acotó.
Mientras tanto, Chile sirve de ejemplo en la región de cómo es posible
aprovechar al máximo el potencial en el área de la acuicultura. No sólo cultiva
salmónidos, sino también, gran cantidad de organismos marinos como mejillones,
vieiras, abalones, crustáceos de agua dulce y diferentes familias de peces. |