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Historias mexicanas PDF Imprimir Correo
Escrito por Antonio Hermosa   
24-06-2008

Un viaje de trabajo me ha llevado de nuevo a México, eterno como siempre incluso en la climatología, pese a los mensajes de renovación aireados desde la actual presidencia. Quizá lo más nuevo sea la reciente consolidación del ejército en el interior de la política nacional, en respuesta a la ya antigua consolidación del narcotráfico como uno de los principales sujetos políticos del país (un efecto tan peligroso para el logro de la democracia en México como la causa a la que pretende combatir). Lo demás, en fin, mutatis mutandis lo sabido; un ejemplo: ¿esas sonrisas prodigadas por el Presidente Calderón durante su visita a la Expo de Zaragoza, se deben solo a que las cataratas de lluvia volcadas estos días sobre determinadas zonas del territorio nacional se perderán porque un país del que se pronostica que en siete años padecerá una sed virulenta carece a día de hoy de una política de agua?

Las dos siguientes historias que someto a observación del lector tienen que ver con ese eterno México predemocrático aludido (aún cabría una tercera a propósito de la universidad, centrada en la de Querétaro, ejemplo sublime de cómo el proyecto ilustrado ha hecho de la universidad precisamente su institución preferida a la hora de airear su fracaso, en la que la justa combinación de mediocridad y corrupción, sazonada con una razonable cantidad de recursos financieros, han arrojado la razón y el mérito, criterios centrales del citado proyecto, a las llamas. Pero hoy lo dejaremos estar).


1. En la charla con el taxista que me acerca al aeropuerto un dato concentra de repente toda mi atención: a sus –deduzco- aproximadamente 50 años recuerda precisamente cómo cuando tenía cuatro un diluvio destrozó la tierra de su padre, modesto agricultor que lograba sacarle a su esfuerzo una pequeña renta con la que le compraba al azar la subsistencia familiar. El destrozo fue tal que ni siquiera cupo al cabeza de familia la duda de si resignarse o no ante la fatalidad, sino que directamente forzó al nuevo héroe al abandono del terruño que durante generaciones había pertenecido a sus antepasados.

Llegado a la capital desde Guanajuato, pronto pudo comprobar, junto a otros muchos como él, que en la meca de la esperanza no era oro todo lo que relucía. El sueldo de peón de albañil sólo le autorizaba a ganar un sueldo mínimo, gracias al cual la incertidumbre ante el futuro, tanto suyo como de su progenie, ya vivido antaño en el campo de Guanajuato se reproducía sin problemas hogaño en el Distrito Federal, una zozobra permanente a la que ni siquiera el paso del tiempo –el único mérito en las sociedades sin meritocracia, y el principal en los ámbitos no meritocráticos de toda sociedad meritocrática-, con el consiguiente ascenso de peón a peón jefe –no en vano México es un país con más jefes que indios- logró paliar.

Esa situación forzó la precoz entrada de mi interlocutor en el mundo laboral, primero como vendedor y luego, porque se requieren varios sueldos mínimos –en la actualidad de 50 pesos diarios, unos tres euros al cambio actual- para hacer de la supervivencia una tarea estable, de taxista: una actividad sin apenas profesionales autónomos, y en la que los inquilinos del taxi se ven constreñidos a echar, dados el tamaño ingente de la ciudad y su infernal tráfico, al menos doce horas de trabajo para hacer de aquella tarea estable una tarea posible.

Casado a los veinte años, como su padre, tuvo hijos que se casaron a los 20 años, como su padre, que aún no han cumplido los 20. Mientras tanto, los nuevos retoños, deudores de los esfuerzos sobrehumanos de su progenitor, así como de la gratuidad de la enseñanza pública en México, han logrado convertirse en técnicos profesionales. La educación, pues, ha cumplido con su misión de renovar la sociedad sacando a relucir las capacidades de cada individuo, que no son hereditarias. ¿Se ha roto por fin el maleficio y los héroes se han sacudido el poder del destino, como en principio debería ocurrir con un sujeto nacido en una sociedad moderna?

Los hijos trabajan, sin duda, pero no ejercen sus conocimientos en su trabajo porque no han hallado empleo donde ejercerlos. Y así, México, que desperdició su futuro criando hijos a los que la pobreza sólo dejaba libertad al ingenio para ejercer la supervivencia, lo sigue desperdiciando al criar hijos a los que libera de las cadenas de la necesidad mediante la educación, pero para los que no posee recursos al alcance de sus capacidades. El destino ha vuelto a someter a los héroes a su suerte, añadiendo la humillación a sus poderes al terminar también con el sueño que la educación acunó en su día en las mentes de los educandos.

Lo llamativo es que a los subempleados hijos del taxista sólo se les haya ocurrido una manera de rehuir su situación, la de cambiar de actividad a la espera de una oportunidad mejor: tan lejos de aquélla, heroica, emprendida por el abuelo de cambiar incluso de ciudad en busca de futuro. Una actitud que si se debe a que ni siquiera les pasó por la mente, como me dejó entender su padre, muestra hasta qué punto el destino sobrevive en forma de fatalidad en la cultura mexicana. Si se debe a que no quieren irse de la ciudad, aun por razones de familia, mostraría hasta qué punto la fatalidad como forma mentis echa raíces en el conformismo individual. Y si se debe a que no creen en un futuro más allá del Distrito Federal estarían cometiendo injusticia contra el actual desarrollo económico de México. Sólo que, en ese caso, la salida de la capital significaría asistir al paradójico espectáculo de completar dos generaciones después, y casi en las mismas condiciones, el círculo que el abuelo empezara a describir cuando, decidido a luchar contra el juego de incertidumbres con que el futuro suspendía su vida, emprendió viaje hacia la capital a la búsqueda de un trabajo estable en el que asentar su felicidad y la de su progenie.


2. El avión me ha llevado hasta el novísimo aeropuerto de Tuxtla, capital del estado de Chiapas, y tras cincuenta minutos de espera aparece por fin la persona que debía venir a recogerme. En el camino hacia la ciudad la charla se interrumpe de manera repentina porque vemos a un conductor casi atropellar a una indígena que cruzaba peligrosamente la calzada. “Durante mucho tiempo llevaron a cabo manifestaciones y movilizaciones para que les construyeran un puente peatonal sobre la carretera a causa de los peligros del tráfico. Es una obra muy costosa, pero ahora que está construida casi ninguno de ellos la usa”, me espeta mi acompañante.

Miro hacia la gente que se agolpa en la carretera en zonas ya próximas a la entrada de la ciudad, o bien dentro de ésta. Y recuerdo que no hace mucho, en la capital mexicana, un perfume insistente –aunque a veces se diluía en la infinitud de su tamaño, o entre el ruido y los gases del tráfico, también esto mejorado hoy día, o entre los guiños continuos con los que su belleza engatusa al viandante, etc.- te seguía por doquiera fueses; un perfume que tenía colores, pero entre los que no estaba el blanco; que el alma lo olía más con los ojos que con la nariz; un perfume táctil, diseminado, humillante, desesperanzado: era el perfume exhalado por la pobreza, hoy en apariencia eliminado simplemente porque han cambiado físicamente a los pobres de lugar, no porque se haya acabado con los pobres acabando con aquélla, y al que la riqueza, con su brillo, su concentración, su desprejuicio y su carpe diem, lo hacía aparecer más intenso. Allí, en Tuxtla, volví a sentir ese perfume en sus diferentes aromas. Su rancio pedigrí justificaba tanta obra nueva, emprendida, se dice, con el propósito de erradicarlo.

Volví a toparme con los indígenas dos días después, en San Cristóbal de las Casas -nombre espurio, ya que el de las Casas no está por el tal Cristóbal, sino por el célebre Bartolomé, el dominico que hizo de la defensa de la dignidad de los indígenas una cruzada personal frente a las pretensiones de esclavitud del gobierno español, justificadas por Sepúlveda. Mi cabeza barajaba confusamente ideas sobre los dos tipos posibles de pobreza de los indígenas, asociadas por sus defensores pero no sólo disociables sin más entre sí, sino incluso la una causa de la otra; ideas, sin embargo, constantemente interrumpidas por la persecución continua al que las vendedoras indígenas someten, implacables, al turista a fin de venderles sus artesanías de siempre, renovadas desde hace unos quince años con sus marquitos, esto es, con esas figuritas de trapo que quieren representar al célebre guerrillero, con su fusil y todo, que aquí, en la plaza, en esa iglesia de enfrente irrumpió estrepitosamente en la geopolítica mexicana para delicia de la izquierda local e internacional.

Ponga un marcos en su vida, oiga, parecen querer decirte las vendedoras ambulantes, que no desesperan cuando les dices que no, porque “tengo muchas más cosas”. En fin, que si usted pierde la oportunidad, como me ocurrió a mí, de adquirir una reproducción del guerrillero que se levantó exigiendo derechos colectivos para las comunidades que ignoran y desprecian los derechos individuales en su interior, del mito convertido en negocio al modo de un vaticano cualquiera, sepa que aún está en su mano mejorar el negocio de su vendedora ocasional adquiriendo alguna de sus muchas otras prendas –bellísimas algunas de ellas- también fabricadas en serie.

Durante un paseo en grupo, una alumna con la que conversaba, maestra de profesión, no sé si molesta por la insistencia de las vendedoras, de pronto me dice abruptamente: “yo a esta gente no les tengo ninguna misericordia ni ninguna simpatía”. Al comprobar mi estupor, acentuado porque la creía precisamente indígena, se explicó; me contó que durante años había trabajado con ellos, que había conocido sus intereses y sus costumbres, y que no sabía qué podía ser más deplorable, si los unos o las otras (aunque, naturalmente, siempre se encargaba de rescatar excepciones individuales). El cuadro que me trazó de ellos me recordó al que Tocqueville pintara del indígena americano en su primer viaje, antítesis perfecta del mito del buen salvaje con el que la intelectualidad europea ilustrada quería lavar su mala conciencia elevándolo a modelo frente a la corrupción civilizatoria, sin que, por supuesto, a ninguno de ellos se le ocurriera cambiar su sociedad por la virginal: una copia, ya que estamos, de lo que Tácito había dicho y hecho casi dos milenios antes con los germanos al compararlos con Roma.

Mi acompañante se explayó en anécdotas, me habló incluso de nombres concretos, al elaborar un cuadro sobre sus vidas que daba razón al tópico de que no quieren trabajar (documentado con el número de películas –su principal actividad del día- que ven estos viejos campesinos que han renunciado a cultivar la tierra, con la hora a la que se levantan, etc… aunque había excepciones, puntualizaba), en el que los explotadores eran ellos, tanto del gobierno, al que constantemente pedían y pedían, sin usar luego los instrumentos que les daban, como de los particulares, más pobres que ellos en muchos casos, pues habían aprendido a explotar la mala conciencia que su situación –una situación de la que ellos no querían, enfatizaba, salir porque les venía muy cómodo- generaba en los demás, y en la que aquéllos, incautos, cedían ante la apariencia sin sospechar la realidad; en el que la implicación en el negocio de la droga había sustituido el trabajo en la tierra, etc., etc.

No sé hasta qué punto mi acompañante tiene razón o no, aunque sí entiendo sus razones para querer dejar México por Europa. Pero sí es cierto que ella se había desprendido por completo de la ridícula creencia, convertida en premisa intelectual y moral por la izquierda antidemocrática latinoamericana y más allá, en el buen salvaje, convertido por ella en el buen pobre, introducido en la cultura occidental posiblemente por la bárbara afirmación de que “de ellos es el reino de los cielos”, con la cual el tal Jesús de Nazaret, deja sin reconocimiento sobre la tierra las responsabilidades de propios y extraños en la situación, y sin valor los propósitos de salir de ella.

Fue eso lo que me vino a las mientes días después en Querétaro, cuando supe que, en el mismo lugar donde yo impartía mi conferencia, la semana anterior unos teólogos de la liberación, con algún laico al frente, volvían a hablar con ideas propias en nombre de los indígenas, apropiándose así de sus personas y de su mundo como si aquéllos fueran incapaces de hacerlo, y a predicar en su nombre la legitimidad de la violencia. Cierto, tratándose de teólogos, aunque la mona se vista de seda, teóloga se queda. Esos híbridos de chicha y limoná, esos liberadores del odio a base de exterminar al odiado, una vez más, pero con el agravante del culto a la muerte que todo encomio de la violencia azuza, se auto-designan representantes del pobre sin que éste llegue a tomar vela en el entierro.

Es esa otra pobreza, la moral, que se le adjudica al pobre cuando se le considera incapacitado para el mal, es decir, incapaz de ser responsable de sus actos, el efecto de la pobreza económica en la opinión del intelectual, al que sirve de excusa para propagar su resentimiento o su odio. La pobreza consistente en deshumanizar al pobre a fuerza de idealizarlo.


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