PRIMERA arrow Antonio Hermosa arrow LA LÁMPARA DE DIÓGENES arrow El caballero del yelmo



elmercuriodigital.es
       PRIMERA    MUNDO    ECOLOGÍA    CULTURA    SOCIEDAD    OPINIÓN    BÚSQUEDAS 2002-2010    



El caballero del yelmo PDF Imprimir Correo
Escrito por Antonio Hermosa   
26-12-2008

Una serie de imponderables me impidió visitar durante mi breve estancia en Madrid la exposición de Rembrandt, a la que un marco tan adecuado como el Museo del Prado brindaba su acogida. Y quizá haya sido ese pequeño desaire de las circunstancias lo que me ha llevado desde entonces a recordar con cierta frecuencia uno de los cuadros de mi vida, que no todos atribuyen al genial pintor holandés: El caballero del yelmo.

La memoria me ha hecho viajar en estos días con mayor naturalidad que de costumbre hasta Berlín, y en concreto hasta el museo Dahlem, donde inopinadamente me topé con él por vez primera hará casi treinta años. La primera reacción fue de desengaño, y su reducido tamaño fue la causa directa. Pero pronto le siguió la pasión de los amores a primera vista, lo que de inmediato lo agigantó hasta sobrepasar de largo las proporciones que en mi imaginación había tenido siempre. Recuerdo haber pasado más de tres horas ante él, y que traspasó a mi cuerpo el dolor de su espíritu hasta hacerse insoportable.

        
¿Qué peso le abate los párpados, qué poder congela su atención, qué dios saca su mirada del marco del tiempo, qué demonio le ha arrebatado el alma dejándole apenas vida? Es la eternidad del dolor despojado de un circunstancial sufrimiento la arcilla con la que se ha modelado su mirada, o quizá se trate de un ejército de sufrimientos a los que la espada del tiempo ha logrado cercenar su orgullo privándoles del deseo de redimirse; quizá sea ésa la razón por la que el dolor es tanto que no necesita ser intenso, de que el abatimiento sea tan espeso que ya ni parezca dolor.

        
Quizá haya un punto en el que quepa morir de éxito, y no sólo porque son pocos, como a tiempo nos advirtieron Aristóteles o Quinto Curcio, los que están en grado de permanecer a la altura de su fama; y quizá el Caballero haya llegado ya al mismo.

        
El Caballero, en efecto, es un triunfador. Su indumentaria nos dice que se trata de un soldado profesional; su edad, que le ha coronado el éxito, pues ha alcanzado las postrimerías de su existencia pese a haberla puesto de continuo en peligro en los campos de batalla, el lecho en el que la muerte ha tenido siempre sus orgasmos más feroces. Fuera cual fuese el territorio recorrido en aquella Europa –jurisdicción entonces de Marte y no de Venus- había vivido para contarlo, y ese solo hecho hace del miliciano profesional un vencedor. Ésa es la historia que, resumida, nos cuenta el fuego de la luz ardiendo sobre la alambicada filigrana del yelmo, tan intensa que hunde en la penumbra no sólo el penacho del morrión, sino aquella otra vida del soldado que busca refugio contra el campo de batalla. Y es aquí precisamente donde su alma empieza a contar su historia.

        
La mirada perdida que yace bajo unos párpados abatidos nos traslada hacia una lejanía eterna, irrecuperable: la de una vida rota, derrotada por el desengaño: es la lejanía del instante actual y supremo, en el que la conciencia le dice al sujeto que erró al perseguir los ideales de honor y gloria con los que pretendió colmar de sentido sus acciones. Antaño ella misma estimuló y bendijo al caballero, ajena al recuento de ruinas y cadáveres con los que saldan su paso por la tierra ambos capitanes, a la estela de sangre inocente que el honor deja forzosamente tras de sí al perseguir la gloria.


(Es posible que quien rebusque bajo esa mirada halle algo que el Caballero supo: el hecho de haber sobrevivido a la Guerra de los 30 años, y de que es difícil salir incólume de una experiencia que, en la época en la que la razón -que con sus triunfos científicos socava el papel del viejo brujo de la metafísica en la vida humana- empieza a emitir mensajes de optimismo al futuro del hombre, la sinrazón se venga con una matanza generalizada entre iguales por motivos religiosos).


Hoy, cuando la conciencia parece al fin haber comprendido, es ya demasiado tarde para que el arrepentimiento pierda su tiempo buscando el perdón, porque la mirada perdida es el espejo del mundo, el reflejo de un mundo perdido en el que nadie es inocente, lo bastante inocente como para estar llamado a perdonar. Todas las certezas de la vida forman ya sólo un mundo de sombras y perviven formando una masa viscosa y amorfa en el que no tienen cabida la razón, el tiempo, el corazón o la esperanza. Ni la fe. Habrá un plasma de inercias y rutinas antes de que la muerte cierre del todo los párpados, un lapso de existencia casi mineral en el que probablemente los recuerdos serán la única energía que lo anime.


Quizá entonces, cuando su memoria baraje las cartas de su existencia, le sobrevengan las imágenes de sus predecesores, la de un Marco Aurelio, el cual, aún a caballo y con los galones del imperio en su persona, ya veía la grandeza perdida de Roma cuando miraba el imperio actual y, en la lejanía, un mundo por hacer más allá del mundo dominado. O la imagen del Gattamelata -la estatua ecuestre con la que Donatello desarma por adelantado la futilidad de las gestas del Colleone de Verrocchio-, cruzando sin prisa la plaza por conquistar porque parece haberse liberado de la seducción del honor y conocido el oscuro mal de las cosas por las que matar o por las que morir, que aquéllas por las que merece la pena luchar en absoluto se obtienen siempre y solo mediante la violencia.


O quizá le sobrevenga la imagen de ese posible vecino suyo, el rico comerciante cuya alma retrataría Rembrandt dos años después, otra mirada de lejanía rota que ha descubierto en sí una vida íntima más allá de la gastada en el mundo implacable de los negocios, al que también un día su conciencia le ordenara enriquecerse a toda costa y que hoy, al echar cuentas, se ha percatado de su éxito en todos los negocios salvo en el de su propia vida. No hay ni dolor; en ambos casos la vida del espíritu ha soltado amarras respecto del cuerpo en el que anida, y aunque morirán una sola vez, como los valientes de Shakespeare, y no varias como sus cobardes, cuando perezca el cuerpo media muerte irá a reunirse con su otra mitad.


A la vista de esos cuerpos vacíos es difícil profetizar qué les pasó. Pero cuando alguien es suficientemente rico como para prescindir de Dios o considerarse preferido suyo y aun así ni la riqueza ni la fe logran chantajear su abatimiento y hacerle encender una vela de esperanza al final del túnel de su ánimo; o cuando alguien que ha poblado su vida de gestas y tiene la fuerza del prestigio tan a su favor que pareciera, como el primero merced a su riqueza, poder desear a destajo, y se encuentra sin embargo en la misma condición del anterior; en suma, cuando alguien tiene la cultura y los valores sociales de su parte cuesta creer que el resultado sea una crisis espiritual insondable, y que si ésta llegare a producirse el agente esté más allá de su propia conciencia.


Algo les ha dicho en el curso de sus respectivas vidas que corrieron riesgos en vano, que amasaron riqueza y prestigio para nada, algo que les convirtió en transitorios príncipes sin reino, o bien que hizo nacer en sus entrañas al común hombre nuevo del futuro a costa de dejar en su persona al viejo héroe sin su honor ni su gloria. O, lo peor, quizá advirtieron que en el fondo no eran mejores que aquéllos a quienes habían empobrecido o derrotado, y que ni siquiera el sacrificio de sus personas, y con ellos de los ideales que les encumbraron, servirían para algo más que para ofrecer dos nuevas víctimas en un altar sin dios.


Y hasta cabe un final irónico para esta historia: quizá el Caballero descubrió en sí mismo al ídolo con pies de barro y, aprendiz quizá del ex consejero y ahora discreto caballero de Guicciardini, decidió reunir todas las riquezas que años de servicio le habían reportado y multiplicarlas en el mundo de los negocios: una vida privada satisfecha compensaría en parte la pérdida de la vida pública a la que había renunciado. Sólo que el descubrimiento había sido demasiado hondo, lo suficiente como para hacer que todo cambio fuera para él demasiado tarde. Y por eso lo vemos dos años después, ya sin yelmo, con su rica nueva indumentaria, pero abatido en el sillón y la mirada perdida en una lejanía indefinible que es la de su propia vida, por siempre rota y derrotada.



Noticias del Mundo - Yahoo Noticias
euronews
Noticias de España - Yahoo Noticias


COLUMNISTAS
ESPACIOS DE OPINIÓN
MÁS OPINÓN
Jorge Majfud
Pascual Serrano
Antonio Hermosa
Amy Goodman
Fabiola Leyton
Silvia Ribeiro
José Saramago
Eduardo Galeano
Cristian Frers
Jorge Zavaleta
Franco Gamboa
Luis Buero
Leonora Esquivel
Teodoro Rentería
Herbert Mujica
Ricardo Luis Mascheroni
Esther Vivas
Miguel Ángel Sánchez de Armas
OTROS AUTORES

elmercuriodigital.es


  El Mercurio Digital, Spain MercurioPress Desde 2002 en Internet
Licencia de Creative Commons
Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons. Powered by elmercuriodigital.es. Released under the GNU/GPL license.
El tiempo es 0.31258678436279