|
Una nueva ola de polémica, enfrentamiento y división recorre Italia, esta vez en torno al debate sobre el derecho a morir suscitado por el caso de Eluana Englaro. Un accidente automovilístico hace diecisiete años, cuando sólo tenía veinte, la mantiene casi desde entonces en estado vegetativo, alimentada por una sonda que es su único vínculo físico con la vida.
No es sensible ni al amor y dolor inmensos de los padres, ni a los desvelos médicos ni a su propia situación; ni tampoco, naturalmente, a la tremenda expectación social que ha levantado su caso en el país, luego de las vicisitudes experimentadas por el mismo en los tribunales, las enfrentadas reacciones de la clase política suscitadas a su costa o la intervención del Vaticano.
Durante todo este tiempo atrás el caso había pasado bajo silencio. El padre pidió, desde cuando supo que el accidente había separado por siempre la vida y la libertad de su hija, que la dejaran morir; lo ha declarado por activa y por pasiva a los medios italianos, y fundaba su petición en la manifiesta voluntad de su hija, profusamente repetida en conversaciones familiares. Proviniendo dichas palabras de un padre que es también tutor, y a quien no cabe precisamente acusar de indiferencia hacia su hija, quizá deberían gozar de mayor credibilidad y respeto del que han tenido, sobre todo por instancias y personajes públicos a los que, fieles a su trayectoria, tampoco cabría acusar de practicar o merecer ninguna de esas dos cualidades.
Y en ésas llegó Fidel, como dice la canción, que en Italia se llama Berlusconi, más que nada por lo de metomentodo vocacional. Tras años de clamar en el desierto judicial la suspensión de un tratamiento que mantenía artificialmente en vida a su hija, Beppino Englaro obtiene del Tribunal de Apelación de Milán una sentencia favorable. Berlusconi, que cuando oye la palabra sentencia entra en barrena por principio, sufre un espasmo sin más: le estalla la escayola de la cara, se le cae el rimel, pierde los tirantes, le viene un nuevo chiste, se le encrespa el plumaje, se le afilan las uñas y, ¡zas!, de un zarpazo ya tenemos un decreto ley ad personam marca de la casa con la prohibición expresa de impedir el asesinato de la víctima: ¡lo que haga falta con tal de interceptar la ejecución de una sentencia que ya es firme, oiga! Para entonces, además, ya está en curso una campaña pro-vida desatada por un factótum suyo desde el diario que dirige y San Vaticano envía desde hace tiempo cruzados contra el “crimen”, el “homicidio” que se quiere perpetrar –es decir: contra la autorización de la justicia a interrumpir el tratamiento a Eliana y contra el deseo del padre de llevarlo a cabo; he ahí, pues, los criminales: la justicia republicana y el padre.
Como digo, que haya un juez en su camino es razón suficiente para suscitar en Berlusconi el deseo de embestir, caiga quien caiga, que nunca será él, y, sobre todo, caiga lo que caiga, casi siempre el Estado de Derecho. Cierto que él parte con ventaja, pues después de todo no tiene más que asumir in foro interno lo siguiente: ¿qué Estado de Derecho puede ser aquél en el que yo sea Presidente del Gobierno? O peor: ¿qué decencia puede caber en una sociedad que me elige no una sino tres veces para tal cargo? ¡Irrebatible! A partir de ahí, lo demás está a un paso.
Que, naturalmente, está dando. Por ejemplo: sabedor de que su vaticano amo ha dicho lo que ha dicho, al perrito faldero le da el tic y se apresta a emitir el luminoso (por lo de la velocidad) decreto antedicho, y ya tenemos ahí el primer encontronazo entre poderes del Estado, el ejecutivo y el judicial en este caso. Después viene el turno del Jefe del Estado, quien envía al Jefe del Ejecutivo una carta en la que le explica por qué no firmará el decreto gubernamental, objetando su inconstitucionalidad. Nuevo espasmo de Berlusconi y respuesta en consonancia: el Jefe del Estado está a favor de la eutanasia. Servido el segundo encontronazo entre poderes del Estado, esta vez entre sus dos primeras autoridades, y ello pese a que Berlusconi, que quizá para entonces había leído la carta, se había desdicho de su afirmación anterior con su clásico donde dije digo, digo Diego, acompañada del consabido estribillo: han sido sus calumniadores oficiales los que han dicho que él ha dicho eso. A su enemigo, además, Berlusconi le amenaza con convocar un referéndum que recorte sus poderes (aunque igual se lo piensan los encargados de ponerle el bozal después de que ha hablado, visto que las encuestas dan una clara mayoría a Napolitano sobre él en este asunto).
O sea, que Berlusconi no ha desaprovechado la nueva oportunidad que una dolorosísima circunstancia humana le ha brindado para proseguir su campaña de convertir la suya en la única voluntad política de Italia: de consumar sus designios de autócrata. Se le reprocha que ha emitido un decreto ad personam. ¿Y qué, no es lo que ha hecho siempre? ¿No es ésa su genuina especialidad jurídica? ¿Acaso no está en el poder para no estar en la cárcel? ¿Y acaso no está en el poder para hacerse leyes a medida que le impidan ir a la cárcel cuando no esté en el poder? Si luego, además, (se) compra nuevas televisiones, pero con dinero público, y salen jugosos negocietes con los que agrandar el patrimonio, pues, oye, se negocia, que la vida es corta y muy achuchá.
Se le reprocha que ha vuelto a deslegitimar a la magistratura y de vaciar de significado al Estado de Derecho; pero la culpa no es suya: ¿quién con algo de materia gris en el cerebro se atrevería a formular en voz alta el primer reproche ante un individuo al que la vida, que es sabia, le ha llevado de tribunal en tribunal? ¿Por qué no vemos la mano del destino en el hecho de que su plato preferido haya llegado a ser el de juez al dente? Y ya la segunda objeción es de desalmados. A ver: ¿cuándo ha tenido tiempo un individuo que cuando no estaba en los tribunales estaba coaccionando, estafando, amenazando, adulterando, piropeando, forzamilaneando, a veces, cierto, negociando, otras meneando la colita, etc.? ¿Dónde ha podido aprender los mecanismos del Estado de Derecho, que igual son sencillitos de asimilar, pero no tanto de practicar, si no ha habido nadie que se los haya logrado enseñar? ¿Hay que extrañarse entonces de que la mayoría de las ocasiones que el buen Silvio haya tenido delante a la democracia no haya sabido ante qué estaba, o de que cuando haya decidido adoptarla haya sido para contribuir a desmantelarla? Un ejemplo de su sabiduría democrática: hay disenso entre su opinión y la del Jefe del Estado; quizá un rápido careo entre ambos hasta les ponga de acuerdo, pero no: Berlusconi amenaza a su rival con reformar la Constitución para impedirle tener opinión. ¡Cambiar la Constitución antes que hablar para intentar hacerle cambiar de opinión: eso, quien no ceja de acusar a la oposición de no querer dialogar!
Y en su carrera hacia la autocracia, como de costumbre, no repara ni en medios ni en disfraces en los que ocultarlos. Así, de pronto, el milagro: alguien que ni siquiera se dignó responder a la carta enviada por el padre de Eliana hace algunos años solicitando su intervención para poner fin al calvario de su hija, helo aquí convertido en su redentor, proclamando a los cuatro vientos que, para dios, él, y que si la pérfida justicia y el desnaturalizado padre apuestan por crucificarla aquí está dios, o sea, él, para impedirlo: con espías, coacciones, amenazas, decretos personales, proyectos de ley personales, choque de poderes y las bendiciones de mamá iglesia, que tan orgullosa se profesa de su criatura. En fin, todo el probado arsenal de su know-how al servicio de una vida. Tan al servicio que, en el colmo de su villanía, no duda en deshumanizar al padre con una de esas frases lapidarias que moralmente tanto le lapidan: aquél no debería quejarse de los gastos que le supone el cuidado de su hija, pues ha sido tarea de “las monjitas” (lástima que el padre nunca se haya quejado de eso, sino del cinismo y la crueldad de quienes actúan contra natura prolongando hasta el final una situación sin solución). Eso, como remate a declaraciones anteriores en las que, salvo que la veía en forma, dijo de todo, incluso que podría ser madre, para justificar su cruzada en pro de la salvación de una vida.
Una vida. De eso se trata, en efecto, para los cruzados. ¿Eliana está en vida? No padece hambre ni sed, ni frío ni calor, ni tampoco dolor. El año después del accidente los médicos le diagnostican que ha perdido la corteza cerebral y que su situación es irreversible, lo que, en efecto, se ha venido confirmando año tras año durante casi diecisiete. Y sin embargo, ahí tenemos a la iglesia y a su cabecilla reafirmando “la dignidad absoluta y suprema de cada ser humano” incluso cuando nos hallamos “débiles y amortajados en el misterio del sufrimiento” (sic). En fin, cosas de papas, por ahorrar comentarios. Que, además, ni se avienen al caso, puesto que la paciente no siente: ¿o es que la ciencia es pura ideología y el diagnóstico proviene de alguna mente tan oscura e interesada como las finanzas vaticanas? Y mientras se prolonga el calvario del padre a la espera del milagro quizá más de uno dé en pensar, por un lado, que las creencias no son inocentes, y que lo que realmente está detrás de esa culpable caridad es el deseo de la iglesia de medir y ejercer su poder político sobre la sociedad italiana, visto lo que le tiene que ocultar.
Sea esto así o no, lo cierto es que la Iglesia y su católico perrito faldero nos han salido materialistas, para gozo de un D’Holbach. Ahora resulta que una existencia vegetativa es una vida, dotada por tanto de “dignidad absoluta y suprema”; alguien incapaz “d’intendere e di volere”, como dice la legislación italiana, merece protección por si llega el milagro que le devuelva la conciencia y todo lo demás: en cuyo caso, como con la nueva ley promovida por el gobierno, ya podrá, al igual que la justicia republicana –un dechado de perfección técnica en este caso a la hora de llenar humanitaria y jurídicamente un vacío legal, y un ejemplo de lo que el Derecho puede llegar a ser en una sociedad desberlusconizada- y su padre, ser declarada “asesina” de otra persona en su lugar. Mientras la vida se limita a respirar, es vida; algo superior a lo que esa existencia dijera cuando sí era persona, a saber: que sólo le interesaba la vida mientras pudiera gozar de su libertad, y que por lo tanto, amparándose en la propia Constitución, en una situación como la suya elegiría “la interrupción del tratamiento”. El aire, pues, es patente de vida para los cruzados: la razón, la voluntad y la libertad, no. Además de materialista, ¿nos habrá salido ética y jurídicamente rana la iglesia? Ese croar suyo, que la lleva por manos de su criatura gubernamental hasta el conflicto institucional y a vaciar la democracia, además de suponer un juicio sobre su oscurantismo ideológico y su absolutismo político, ¿quedará impune en la situación actual? Si no la justicia, sí al menos la sociedad italiana tiene la palabra.
Porque, a fin de cuentas, lo más positivo que ha salido a la luz en el caso actual ha sido, junto a la profesionalidad de la justicia, la valentía y honestidad de un padre que ha querido confiar en las instituciones de su país, a las que ha conferido legitimidad a los ojos de sus conciudadanos. Le corresponde el mérito de haber transformado un hecho privado en un debate público sobre el derecho a morir, el de no haber cedido ante presiones y chantajes, ni desfallecido ante los obstáculos interpuestos por esos tábanos profesionales de la conciencia que son las iglesias de cualquier ralea y de los gobiernos de su pelaje, y el de haber obrado dentro de la más escrupulosa legalidad incluso cuando ésta le era esquiva (de ahí también que Berlusconi no entendiese lo que quería). A todos, italianos o no, nos ha enseñado este gran hombre que aún vale la pena luchar por la democracia (no sólo) en su país, y que, pese al Gobierno y a la Iglesia, aún queda tanta dignidad en Italia. |