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La organización PDF Imprimir Correo
Escrito por Hernún   
21-02-2009

El sujeto en política es al día de hoy un asunto de lo más relevante.  En cierto modo estamos ante una situación social atravesada por las secuelas de una larga experiencia política nacida de la revolución de 1792 en Francia. De aquella revolución nacieron no sólo los discursos “políticamente correctos” de las democracias capitalistas sino también una serie de vectores ideológicos que dieron forma al socialismo en sus modos divergentes.

Ahora estamos ante una recuperación de ciertas ideas que habían sido profundamente opacadas en la deconstrucción de los discursos modernos que progresivamente fue ganando el pensamiento colectivo, posiblemente desde la segunda guerra mundial.

 

Pensar entonces, al día de hoy, en una organización política es conflictivo. En cierto modo el fracaso del mal llamado “socialismo real” de los Estados Comunistas dejaron un tendal, y todo llamado a la organización resuena en los ecos de una hegemonización autoritaria, de un centralismo aplastante y totalitario que dejó sangrando la lucha obrera del siglo XX. Por otra parte la reacción en contra de las hegemonías estatales y a los también mal llamados “abusos de poder” ha esparcido en el pensamiento colectivo un liberalismo que oscila entre ciertas formas más o menos ortodoxas del capitalismo y una aproximación a las proposiciones de los primeros socialistas, desde Owen a Saint-Simon, pasando por Fourier, Blanqui o Proudhon. Y, como remate de esta esquematización algo simplista, aparece el individualismo de varios mundos, un atravesamiento de la posmodernidad en el que aflora rara vez algún destello del post-modernismo.

 

Esta última diferencia, la de posmodernidad y post-modernismo, me la sugirió hace no mucho tiempo, en una mesa de café de la calle Corrientes, un uruguayo muy lúcido que acostumbra firmar sus textos con el seudónimo de Daniel Barret. Y es una diferencia importante cuando se trata de interpelar la situación actual con intenciones de ganar una buena descripción. Así como la recogí, esta diferencia señala los datos globales de un pensamiento signado por cierto individualismo desprovisto de proposiciones políticas, abstraído en una cotidianeidad de consumo y supervivencia, a distancia de una corriente del pensamiento filosófico que no se reduce a eso precisamente, sino que avanzó en la elaboración de nuevas ideas que rompieron con los modelos del modernismo de comienzos del siglo pasado y fines del XIX.

 

El punto es que, en ese intento de interpelación de nuestra actualidad, encuentro un rasgo importante que es la resignificación que tiene al día de hoy la palabra organización. Todos los sentidos positivos que había sembrado en la modernidad (y aquí vale una distinción análoga) se han vuelto patas arriba en la cosecha del nuevo siglo. Sin embargo, hay quienes insisten en la recuperación de la organización política en los viejos términos. Esos términos, que me atrevo a llamar viejos, tienen que ver con una forma de pensar lo político encerrado en su identificación con la economía y el Poder. Según este modelo, una organización política se confunde fácilmente con la idea de partido político, a la usanza democrática o leninista, mientras que una serie diversa de organizaciones sociales vino a ocupar ese lugar en el mundo posterior de la posmodernidad.

 

En la década de los noventa afloraron las ONG y las asociaciones “sin fines de lucro” que se insertaron en la vida administrativa desde una presunción no-política. Fue el cenit de la descomposición de la política, orientándose los esfuerzos de participación a la intervención asistencial o económica en las sociedades del mundo. Claro que ese territorio de “gobernabilidad no gubernamental” estuvo directamente involucrado con un crecimiento fortísimo del capitalismo y del desarrollo pavoroso del sistema financiero que trasladó las preocupaciones sociales del mundo económico de la producción al mundo del consumo y de la generación de riqueza según la nube de la valorización financiera del capital. Una organización, entonces, ya ni siquiera es un partido, sino que viene a ser un apéndice administrativo de las gestión económica mundial.

 

Del mismo modo las organizaciones sindicales se convirtieron, más o menos prontamente, en un aparto más de la institucionalidad democrática sin mayor incidencia que la que tiene una válvula de descompresión para que no se llegue jamás al estallido. Cualquier intento de organización obrera que pretendiera algo más que la sustentación del status quo debió buscar su espacio por fuera de los sindicatos, espacio por cierto tachado de ilegal y reprimido por gobiernos y sindicatos, y por la creciente desarticulación del imaginario de clase a través del auge de las empresas de servicios y de la informatización del trabajo.

 

En este sentido, el desarrollo tecnológico, especialmente el orientado a las telecomunicaciones, trajo consigo nuevas experiencias en el mundo laboral y nuevas componentes sociales. La gran apuesta al proletariado como sujeto político del socialismo definido económicamente por las determinantes del sistema productivo se encontró con una trampa de luz. Los factores que alimentaron las formas de organización no desaparecieron, sino que se enredaron en las nuevas condiciones sociales que, de la mano del derrumbe del modelo estatal del socialismo, entregaron mundialmente lo político a la devastación del horizonte de cambio y realización social.

 

Ahora estamos viendo la reacción ante este otro modelo que duró lo que manteca en hocico de perro. Hemos visto nacer el siglo con intentos de acción colectiva que, pudiendo intervenir en la sociedad y producir cambios, se mantuvieran al mismo tiempo distantes de la tradición política. En Argentina, por ejemplo, surgieron nuevas organizaciones de base que tuvieron dos aglutinantes básicos, a saber, la ubicación socioeconómica y la ubicación territorial. Agrupados en federaciones, los grupos barriales de excluidos avanzaron sobre la sociedad entera marcando su existencia en las calles y en las rutas. Quitados del trabajo estaban también desprovistos de la huelga. No importaba cuál fuera la orientación política de cada integrante, sino la emergencia económica y social. Eso que se llamó “movimiento piquetero”, era una federación no demasiado estructurada de agrupaciones sociales que encontró el modo de hacerse ver y presionar sobre las decisiones gubernamentales.

 

Sin embargo la falta de organización política los llevó a reproducir viejos vicios organizativos y caer en una creciente centralización de la mano de la intervención de los partidos que pronto tuvieron su “rama piquetera”. Con el paso del tiempo los intentos de autonomismo y autogestión fueron dejando paso a la estructuración frentista como una vieja novedad. Nuevamente lo político apareció para seguir pegado a la gestión económica. Hoy por hoy, las organizaciones se han convertido en factores de presión directamente remitidas a las acciones de gobierno. Hubo quienes formaron parte del gobierno kirchnerista, y hubo quienes pretendieron continuar a distancia del Estado, pero administrando el dinero que, a través de los planes sociales, lograron tomar del Estado.

 

En cualquier caso, como si fueran apéndices “no gubernamentales”, repitieron la experiencia de las agrupaciones sociales de los años sesenta y setenta atravesadas por la idea de partido político de base económico-social. Cualquier novedad en lo que respecta a un nuevo pensamiento político y a una consecuente novedad en las formas de organización tuvo vida corta y quedó opacada por la asimilación de ese movimiento diverso y múltiple bajo el nombre único de “movimiento piquetero”.

 

Paralelamente se revitalizaron formas todavía vigentes de la organización social. Entre ellas, la única federación obrera no sindical, la federación Obrera Regional Argentina, es hoy, posiblemente, la única organización obrera que se mantiene activa por fuera de los aparatos sindicales y de la tenaza que las organizaciones políticas tradicionales operaron sobre el “movimiento piquetero”.

 

Sin embargo, una serie de experiencias de organización se multiplica en la traza que marcó la movilización social de 2001. La necesidad de activar la lucha social y el rechazo a repetir fracasos históricos, moviliza a buena parte de la población hacia la invención de nuevas formas de organización. En mi opinión es en este territorio múltiple y diverso donde cabe indagar la potencia de una nueva política que pueda por fin sustraerse a la continuidad de las prácticas  hegemónicas y de las ideas afianzadas en el imaginario colectivo acerca de lo político. Ya sea desde lo laboral como aglutinante, o desde las prácticas efectivas de autogestión, distintas organizaciones dan cuerpo social a las ideas políticas de libertad, igualdad y fraternidad, ideas-embrión del socialismo a partir de la revolución de 1792.

 

Y aquí vamos llegando a la pregunta acerca de la organización: ¿puede pensarse una organización política actual que tome distancia de las formas históricas y avance activamente hacia la verificación de principios políticos que no estén atravesados por las lógicas del Poder y la gestión económica? ¿qué puede significar hoy una organización política?

 

Retomando la línea propuesta en esta columna, lo primero que cabe señalar al respecto es la diferencia entre pensar una organización política y una organización social. Desde el punto de vista de la autonomía de una política de emancipación, no ha de ser la condición social la que funcione como aglutinante para la organización sino un cuerpo de ideas más o menos consistente (lo más consistente posible) lo que cumpla esa función. Así, la determinación económica según la ubicación dentro de un sistema de producción, como hubiera querido Marx, no habrá de ser ya tan determinante, ni mucho menos el germen de las novedades políticas habrá de nacer de la oposición dialéctica respecto de las condiciones sociales vigentes, sino que la remisión a un cuerpo ideológico constituido por el encuentro de comunes será la que opere como subjetivación de cada cuerpo social que se integre en cada momento específico. Un sujeto político ha de ser pensado, entonces, no como la organización social que protagonice algún proceso más o menos revolucionario, sino como las ideas que operen en virtud de la ruptura, soportadas en cualquier organización capaz de hacerles cuerpo, de motorizarlas, es decir, de verificarlas en la práctica concreta.

 

La organización, en este contexto, no es cada organización, sino la constitución de un cuerpo político soportado en un cuerpo social múltiple, un incontable que opere desde cada sitio, desde cada rincón de la experiencia colectiva. Ningún nombre habrá de dar cuenta de semejante movimiento con la fidelidad a la que estábamos acostumbrados. De hecho, será más propiamente un movimiento, es decir, el resultado de una acción múltiple, y no un dispositivo destinado previamente a la ejecución operativa de un plan revolucionario capaz de hegemonizar la nueva situación en nombre de otro.

 

El desafío que presenta un pensamiento tal de la organización política radica en la efectivización de un pensamiento (político) que pueda extenderse a través del cuerpo social sin depender de ninguna identidad, y que al mismo tiempo tenga la consistencia necesaria como para que su verificación sea efectiva, esto es, para que pueda operar en lo social una transformación consistente. Por eso es que lo político no es una estrategia destinada a realizar una utopía, sino un pensamiento que en sí mismo es autónomo respecto de lo social. Esto implica, necesariamente, que no hay una cancelación de la lucha social ni de un pensamiento propositivo, utópico, organizativo o meramente gestor, sino una construcción colectiva de principios relativos a las dinámicas decisionales que pueda verificarse en cada acción, en cada cuerpo.

 

El desafío, insisto, es que la experiencia social no determine reproductivamente las formas de organización ni las acciones políticas. No se trata de reaccionar ante los eventos producidos en nuestro mundo, sino de accionar en función de detener, precisamente, la forma en la que esos eventos ocurren. Luego, las formas específicas que se construyan para eso serán todo lo diversas que la no contradicción respecto a los principios comunes demande. Habrá que ver qué es eso de la no contradicción, o, en todo caso, cómo hacerlo viable sin comisarios ni fiscales. Por hoy intento, sencillamente, plantear el asunto de la organización desde un punto de vista capaz de salir de las fijaciones políticas heredadas.

 

Un sujeto político, en definitiva, no es una organización política, y, a instancias de las herencias democráticas y leninistas, esta distinción se vuelve fundamental para no cometer dos (mil) veces el mismo error.


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