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¿Italia sin oposición? PDF Imprimir Correo
Escrito por Antonio Hermosa   
22-02-2009

Parecía un hombre feliz, él, Walter Veltroni, ex líder del Partido Demócrata (PD) italiano, tras su anuncio de despedida en el que, no sin ironía, fue para algunos su mejor discurso durante el casi año y medio que llevaba en la dirección. Nada extraño, por otro lado, dado que el momento de la dimisión es el único en el que los cargos públicos son libres, y para el adiós recuperan una valentía y un sentido del honor desconocido hasta ese instante, y del que debieron hacer gala con anterioridad.

Atónitos ante un imprevisto como ése, en el que el líder del partido dice que se va y cumple - imperial novedad en la política italiana-, los diversos reyes de taifa del partido apenas lograron disimular su estupefacción, como si hubieran comprendido de golpe que con la dimisión del líder del partido Italia se estaba quedando sin oposición. Veltroni se iba, pero los arrastraba a ellos en su caída.

        

El fracaso en las elecciones de Cerdeña el pasado martes 17, detonante de su marcha, fue el último de los reveses electorales sufrido por el ex alcalde de Roma, quien vivió antes dos trances peculiarmente dolorosos: la victoria del partido del gobierno en la capital y la derrota en su duelo personal con Berlusconi en las elecciones del pasado abril. Pero en la misma han intervenido también muchos otros factores, como el exceso de príncipes de oficio en el partido, las maniobras barriobajeras de su autoría, directa o no, el exceso de ambiciones solapadas o manifiestas, con las crestas siempre relucientes de pinturas de guerra (interna), la disparidad de almas del partido, que algún arrebato de vanidad ha impedido conciliar, etc.; fenómenos de la alta política familiares por doquier, pero que en Italia son considerados normale amministrazione. En suma, esa conjunción de puñales y venenos con denominación de origen.

        

Quizá quepa incluir en tal retahíla algún elemento personal, como la afirmación de que “el estatuto del PD delinea un modelo de democracia interna sin precedentes en la historia de los partidos políticos”. No que ello sea malo o incierto, pero ¿qué significa eso ante la naturaleza crudamente oligárquica de los partidos políticos? La creencia democrática pregonada por Veltroni no es en realidad sino el arranque virtuoso de un círculo vicioso que empieza en el contraste entre las palabras y los hechos de los miembros del partido, prosigue haciendo a más militantes profesionales de la política y concluye añadiendo más burocracia al mismo. En algún momento de ese trecho Veltroni empezó a pagar su ingenuidad.

 

Otro elemento personal que le ha podido forzar a la renuncia del cetro ha sido el de la autosatisfacción personal con la obra realizada, reconocida incluso en el exterior. Pero quizá ésa era una razón para la melancolía del intelectual, o al menos así lo creyó Goethe. Nunca para envanecerse un político, y menos en Italia: ¿Berlusconi no le ha enseñado nada? ¿Y él, por sí solito, no ha aprendido nada de esa “derecha que vence incluso mientras ataca al Jefe del Estado, reniega de la Constitución, ofrece un pacto a la baja a la Iglesia mientras no consigue hacer frente a la crisis económica”, como ha escrito Ezio Mauro en La Repubblica? O de la sociedad italiana que, pese a eso –por no decir gracias a eso-, mayoritariamente la vota: ¿nada hay que aprender de ella sobre ante quién presumir de lo hecho y qué hacer para romper las lealtades adscriptivas, ese chantaje indoloro que la cultura política hace a la libertad de elección? En un contexto tan corrupto como el de la política italiana, ser ejemplo (positivo) en algo difícilmente renta.

 

La dimisión de Veltroni denuncia el fracaso del PD a la hora de aglutinar en un marco y proyecto político nuevos el conjunto de fuerzas disímiles que lo integran, cada una con sus ideas, fines, intereses y tradiciones particulares, no siempre fáciles de cohonestar. Desvela así el drama que permanentemente vive el partido con sus almas en perpetuo conflicto, al tiempo que la tragedia en la que desembocaría si, obrando con coherencia, cada una decidiera por separado su destino. Por último, revela igualmente la tragedia de la democracia –y aun de la sociedad- italiana, al estar en la actual coyuntura unida su supervivencia a la del PD.

 

Con el hecho revolucionario de su dimisión, en efecto, Veltroni ha situado al PD ante el abismo hamletiano de ser o no ser; los tiempos felices de las trampas al líder, de las sobremesas pasadas decidiendo cuándo se le debía hacer caer, o incluso el de las discusiones bizantinas sobre la identidad, han pasado o deben pasar a mejor vida: o será el propio PD y los restos de democracia que aún flotan en la política italiana los que pasen. Ciertamente, sin la espuria presencia de la Iglesia todo sería más fácil, pero aun con ella en ristre quizá quepan otras preguntas menos narcisistas en lugar de las sempiternas acerca de si se es comunista, católico, reformista, o si será una rosa será un clavel, etc. Quizá, y puestos a preguntar por la identidad, quizá la genuina pregunta que quepa, al menos hic et nunc, es si se es demócrata o no, una pregunta que jamás se plantea en la convicción de que o lo dan por descontado o, más bien, lo dan por imposible. Pero si de la costilla de su voluntad sacaran a un demócrata genuino -y están obligados a hacerlo- de tanto comunista, católico o reformista, quizá entonces cupiera descubrir que en una situación de emergencia democrática la cooperación es factible.

        

Quizá, digo, en ese caso sería posible descubrir de manera inmediata que sólo a causa del raquitismo moral de los dirigentes fuerzas distintas no puedan hallar un programa político común –lo habría si predominaran las ideas y la ética democráticas sobre las personas y sus intereses egoístas- habiendo una perfidia común, una perfidia nacional enfrente llamada Berlusconi, compuesta por la persona y lo que representa. Algo que traería dos nuevos descubrimientos consigo: que si no lo hubieran hecho así, habrían desaparecido como oposición, y desaparecido con ello la posibilidad de la alternancia en Italia, es decir: la democracia italiana. Y que, al haber actuado de consuno para algo, quizá se pueda continuar actuando así para otras cosas, vale decir, que comunistas, católicos y reformistas podrían convivir democráticamente incluso en un mismo partido (aunque, eso sí, para ser demócratas se requieren renuncias a ciertos rasgos o a determinadas prácticas de comunistas y católicos ante todo): que se estaría en vías de solución del problema de la identidad sin siquiera tener que plantearlo.

        

Así pues, la tragedia del PD italiano es que su desaparición de la escena política dejaría a ésta apoyada sobre una sola pata, lo que le garantiza la caída (y que su escisión tendría los efectos prácticos de una desaparición). Dejaría en bandeja a Berlusconi y a su enjambre la posibilidad de la tiranía sin la necesidad de ser tirano, “a dos dedos”, por tanto, “del estado de naturaleza”, que diría Larra. Un par de pasitos más para eliminar las resistencias de la magistratura y extinguir los rescoldos de prensa libre que aún avivan la llama democrática itálica, y la paz de los cementerios en la que Montesquieu sintetizaba las tiranías habrá sepultado también a las instituciones republicanas, aun preservando casi intacta la fachada constitucional.

        

Con la dimisión de Veltroni, en suma, se ha acabado para la dirigencia del PD la interinidad y la cobardía política de una representación sin responsabilidad. A sus miembros les toca desde ya vivir su drama político personal en medio de la que puede ser tragedia política colectiva. Más habituados a las intrigas palaciegas que a desarrollar su acción política bajo el foco democrático de la publicidad, les incumbe ahora desempeñar el papel de héroes cuando siempre fueron villanos, empezando por refundar un partido recién fundado devolviéndolo a sus orígenes ideológicos y programáticos, y maleado en tan poco tiempo sólo porque, en realidad, lo viejo no lo rehicieron jamás, sino que los mismos perros cambiaron de collar. ¿Quién iba a decir a quienes se las prometían tan felices con la marcha del líder, algo tan natural que pareció maquinación, que el gran golpe de Veltroni al dimitir sería constreñirlos a resucitar como el ave fénix de sus propias cenizas políticas para convertirse en lo que fingen ser? Con el agravante de que su fracaso en la construcción de una alternativa viable a la actual normalità, quizá permita a cada uno de ellos vivaquear en una Italia berlusconizada, dado que el líder máximo respeta como se debe a todo profesional y seguro que encontrará algún carguito a disposición, pero habrá condenado a la democracia italiana a una larga, infinita travesía por un desierto aún desconocido, y a la democracia europea al peligro de enfangarse todavía más de lo que ya está, ésta vez en el renovado lodazal italiano.


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