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Desgobierno israelí PDF Imprimir Correo
Escrito por Antonio Hermosa   
07-03-2009

Casi un mes después de las elecciones, y aunque aún dispone, incluida la prórroga, de dos largas semanas para formar gobierno, el líder del Likud Benjamín Netanyahu sigue con cada vez más indisimulada impaciencia deshojando la margarita de las alianzas a fin de dar cumplimiento al encargo que el Jefe del Estado israelí Simón Peres le hiciera el 20 de febrero de formar gobierno.

Desde entonces se han sucedido las entrevistas del futuro primer ministro: dos con la líder del Kadima, Tipi Livni, cuyo partido fue el vencedor real de las elecciones al obtener 28 diputados, uno más que el Likud, y otras más con los líderes de partidos pequeños, tanto laicos como religiosos. Para desgracia de los dos principales partidos, entre ambos no alcanzan los 61 diputados que otorgan la mayoría parlamentaria, lo que probablemente ha influido en el intento de Livni por realzar la aún mayor diferencia ideológica que les separaría, base de su negativa a entrar en una coalición con aquél, y que de momento sólo la amenaza iraní parecería salvar.

        
Tales escaramuzas son quizá la escena más vistosa de esa ley no escrita de la política local de las últimas décadas, según la cual resulta tan difícil formar un gobierno en Israel cuanto fácil hacerlo caer. Y como a río revuelto ganancia de pescadores, ahí está Netanyahu echando redes en los bancos donde se ramifican las afinidades electivas, y donde se reproducen, en algunos casos se diría que milagrosamente, los consagrados fundamentalismos político y religioso. Es en ambientes así donde cualquier david ultra tiene tentaciones de goliat político y no raramente logra satisfacer su ambición; donde cada partido extremista es por sí solo una nada política -similar al partido árabe, auto-marginado siempre-, pero donde junto a otros hermanos en sed de poder llega a ser gobierno. Es en ambientes así, digo, donde la sociedad logra castigar a la política trasladando a la escena pública los diversos cánceres que la corroen.

        
Naturalmente, cuando Netanyahu sale de pesca, su modo de pertrecharse fuerza su elección del caladero; alguien que por razones pragmáticas, de principio y tácticas se opone a la solución del doble Estado; es decir, alguien que retiene una solución así una amenaza para la seguridad israelí, que rehúsa gobernar a los palestinos al tiempo que desea arrebatarles cuatro derechos soberanos básicos –el control del espacio aéreo y el del espectro electro-magnético, el del ejército y sus alianzas, así como el de las fronteras, según ha explicado A. Benn en Haaretz-, y que considera que a dicha solución habría de llegarse mediante negociaciones –de ésas que en la zona se agotan en los preparativos de sí mismas, es decir, que se rompen antes de empezar- en lugar de constituir una concesión descontada de Israel; alguien así, digo, encontrará eco entre los ultraortodoxos del Shas, por ejemplo, que si bien esta temporada electoral está dispuesto a tolerar conversaciones sobre fronteras y refugiados palestinos, que nadie hable ante ellos de dividir Jerusalén en dos, porque aunque Estados hubiera dos, dioses no hay más que uno –los de la competencia son siempre falsos, como bien saben cuantos entran en competición-, porque eso de Jerusalén, tres veces santa es para ellos en el mejor de los casos un eslogan turístico y si alguien insistiere en contravenirles asistiría de inmediato al milagro de verse convertido en un jonás y al Shas en una ballena.

        
Netanyahu en absoluto se propone desmantelar ni uno solo de los doscientos asentamientos de judíos en Cisjordania, aunque sí aspire a mejorar las condiciones económicas de sus moradores; pero sí desea en cambio derrocar a Hamás de Gaza, y hasta comerse a los milicianos crudos si le dejan. Un tal discurso siempre sentirá muy próximo a él el sensible oído de Avigdor Lieberman, cuya formación política, Israel Beitenau, ha pasado a ser estrella ascendente del nuevo mapa electoral con sus 15 diputados. A Lieberman seguro que no habría que presionarlo mucho, ya sea para participar en la bacanal –su privilegio antropomórfico sobre el gran común de la humanidad consiste en tener el alma justo en el estómago, y tener éste tan sensible como el oído-, porque de suyo siempre tiene hambre y las emociones se la despiertan aún más, ya sea para destruir todo lo que huela a palestino, pues el machote pareciera haber nacido así. Este siniestro personaje de la extrema derecha ya se estrenó al respecto durante la campaña electoral con un lema –“ningún ciudadano sin lealtad”- que era la consigna viva de obligar a jurar lealtad a Israel a todo árabe israelí so pena de despojarle de la ciudadanía, y con un programa político que incluye no negociar con los palestinos los puntos centrales del conflicto y transferir a la población árabe israelí fuera del territorio de Israel, poniéndola bajo control palestino.

        
Este probable socio de Netanyahu, que ha sustituido el furor uterino contra la libertad, propio del alma rusa que le nutre culturalmente, con un personalísimo furor antipalestino contra la humanidad de dicho pueblo, lleva ya semanas desatado alzando el nivel de sus pretensiones a medida que ve crecer la necesidad de su concurso para formar gobierno, reclamando prebendas incluso más allá de lo legalmente posible, pues al haber en curso una investigación judicial contra él lo que sí sabemos es que no puede ser ni ministro de justicia ni jefe de la policía para evitar que sea juez y parte. También ha reclamado la cartera de exteriores, quizá para dirigirse de inmediato a Teherán apenas jurado el cargo: ¿se lo imaginan ustedes junto a su clon iraní, paseando de la manita por las calles capitalinas, haciendo planes de futuro conjuntamente y seleccionando con mimo el lugar donde ir de luna de miel, un lugar lejano a poder ser, donde no llegue el perfume de muerte que para entonces exhalarían sus respectivos países… y otros más?


A la espera de tan gozosas nuevas, este personaje atrabiliario cuya ciega ambición no es ni siquiera la más visible de sus miserias, se prepara para el poder mintiendo, o bien, si prefieren, cambiando de opinión en función del interlocutor, pues en un artículo publicado el veintiséis de febrero en The Jewish Week de Nueva York ya se declaraba partidario de un Estado palestino: ¿cambió de opinión por la mañana para desdecirse al día siguiente, se trata sólo de hipocresía? Bien haría Netanyahu, quien ya de por sí es socio de la violencia, en atarle corto si no quiere malgastar en contenerlo gran parte de las energías que necesitará para otros menesteres, pues potencialmente se trata de uno de esos silas sobre los que nos advirtiera Salustio al prevenirnos contra personajes que obraban “como si cometer en justicia fuese en definitiva hacer uso del poder”. Los laboristas, de capa caída elección tras elección, al menos han tenido la dignidad de exigir al jefe del partido, Barak, no contraer compromiso alguno en el que esté presente saurio semejante, contra el cual, por lo demás, el propio Barak ha pronunciado una de sus más atinadas sentencias recientes al calificarle “no sólo de amenaza para la paz, sino también para la democracia”, al tiempo que instaba al fiscal general a la ilegalización de su partido.


Naturalmente también, cuando Netanyahu sale así de pesca sabe qué compañías no habrá de encontrar; a ninguna de las fuerzas de la izquierda, desde luego, pero tampoco al Kadima, quien por boca de la propia Livni ha asegurado que no quiere participar en un gobierno que no defienda la solución del doble Estado como vía hacia la paz del largo contencioso entre israelíes y palestinos; una solución, dicho sea de paso, por la que el Kadima tan poco hizo durante sus años de gobierno, y que sólo al final, confirmada la salida del gobierno del actual primer ministro en funciones, éste adoptó con la fe del converso, al punto de hacer de ella un santo y seña político de su partido.


Ahora bien, el mayor desafío hacia el punto de vista no biestatal defendido por el futuro primer ministro lo representa el encontronazo con la administración Obama, su aliado incontestable, cierto, como la propia Clinton, de visita estos días en la zona, ha recordado una vez más. Mas, eso sí, al tiempo que recordaba la opinión contraria de los Estados Unidos, decididos a implicarse en profundidad en la paz y que han hecho de la solución biestatal una de sus banderas. En su visita a Abbas, además, Clinton se ha pronunciado contra la injusticia de las colonias judías en Cisjordania, así como la inmoralidad del cierre de las fronteras con Gaza, cuya apertura aliviaría de tantas penalidades a los habitantes del lugar (y que las autoridades israelíes se han apresurado parcialmente a abrir en un casual detalle hacia la jefa).


Así pues, como se ve, el futuro gobierno ya tiene planteada sus primeras batallas aun sin haber saltado a la palestra. Ninguna vida fácil se le augura, al igual que a sus predecesores, por lo demás. Cuando lo haga, muy probablemente se hallará conformado por una gran parte de fuerzas de la derecha, incluidas la del doble extremismo señalado. En ello, trágica paradoja, sigue las huellas del enemigo palestino, en cuyo campo los extremistas de Hamás se afirman paulatinamente en Cisjordania en tanto mantienen su posesión de Gaza. Dicho de otra manera: la causa de la paz pierde partidarios, y será en los próximos tiempos una causa definitivamente perdida si el gobierno de Obama no la convierte en objeto prioritario de su acción internacional. A este respecto, hay noticias esperanzadoras sembradas en su oferta de diálogo a Irán y el nuevo trato a Siria, lo que en este campo nos permitirá vislumbrar si los cavernícolas de Hamás, que prefieren la inmolación a renunciar a su objetivo criminal, tienen vida propia o sobreviven mediante respiración asistida. Pero lo cierto es que sólo les quedarían Al Qaeda y adláteres si Siria e Irán cambiaran ligeramente el rumbo.


Pero de momento, a expensas de lo que suceda con los nuevos movimientos que se preanuncian en el tablero internacional, lo que sí sabemos con certeza es que la sociedad israelí ha girado claramente a la derecha, lo que políticamente significa que se ha convertido en una enemiga más de la paz en Oriente Medio. Es decir, que requiere, y desde ya, reformas.


Y es que un país con el voto atomizado es un país con serios problemas de gobernabilidad, por lo que urge la reforma del sistema electoral. Un país en el que la extrema derecha gana sucesivamente cotas de poder tras cada elección es un país con un problema aún más grave, y es ella misma, por lo que necesita una reforma moral. Israel es ese doble país en el que la sociedad no es ni una ni pacífica, como quiere Hobbes: que se amenaza a sí misma mediante la división y la violencia que le rinde tributo, y que es al mismo tiempo, cada vez más, una amenaza para sus enemigos palestinos: para la paz. Para combatirla siempre dispondrá a mano, porque, además, es real, la coartada de la seguridad, pero sin querer ver que buscarla es la única garantía contra esa amenaza. Un signo de anormalidad en la política israelí es el hecho de que la crisis económica es grave –el país ha entrado en recesión, nos dice Le Monde- y, sin embargo, ha sido el convidado de piedra de la campaña política.

        
Un gobierno marcado a fuego con el hierro ultra no es el mejor instrumento de que puede disponer para auto-reformarse una sociedad ciega que mayoritariamente cree estar en posesión de la verdad y que por lo tanto ni ve su ceguera ni cree requerir reforma alguna. De ahí la urgente necesidad de un tercer actor absolutamente principal en la zona, a saber: la comunidad internacional, que será la que también sufra los efectos del probable conflicto si fía las decisiones y acciones de la zona a los nativos.

        
Urge que Naciones Unidas señale en el planeta un conjunto de zonas rojas en las que se arrogue el derecho a intervenir, dado que las consecuencias de un conflicto pueden ser devastadoras para la población mundial. Oriente Medio en general, y Palestina dentro de él, es una de esas zonas en las que por fuerza y por derecho debe intervenir, porque, a fin de cuentas, y visto desde una perspectiva mundial, todo lo que ocurre en el planeta no es sino política interior. De no hacerlo, o de retardar en exceso el cumplimiento de sus obligaciones, el azaroso cumplimiento de un objetivo o la casual realización de una intención quizá lleguen a ser motivo suficiente para que haya pasado incluso la oportunidad del arrepentimiento.


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