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¡Caramba con el papa, y las cosas que dice!… En el avión mismo en el que hace su primer viaje a África, va y dice, aunque no por experiencia propia, naturalmente, que no es posible “arreglar el problema del sida mediante la distribución de preservativos” (véase Le Monde de hoy, 17 de marzo; cursivas mías). ¡Eso es empezar un primer viaje!
Por cierto,
inquiero: ¿quién de Vds. ha sido el que ha dicho que mediante preservativos se arregla el sida? Si
hay tal, merecería que lo esterilizasen: ¡lástima de abolición de la
Inquisición! Yo lo pregunto más que nada porque siempre me pareció que lo de
curar el sida tenía que ver con laboratorios, investigación, vacunas y todo eso;
y que los preservativos eran extremadamente útiles porque, en tanto no estuviera
dispuesta la cura definitiva, podrían paliar la situación evitando
contagios. Pero ahora, papa dixit, parece que hay algún despabilao empeñado en arreglarlo casi
artesanalmente: ¡cómo cambian los valores, señor!
Yo, señor romano
pontífice, quisiera contribuir a arreglar el problema del sida, y
al respecto tengo una sugerencia para usted, oiga (al menos mientras la gente,
grey católica comprendida, le haga tanto caso en lo de los preservativos como en
lo de la castidad). Mi idea es que se debe manipular genéticamente a los negros,
que para eso lo son, y africanos muchos de ellos, lo que es acumulación de
pecados en una misma persona, y conseguir unos pitos de quita y pon, en
diferentes modelos, que los negritos se atornillen, o peguen, o adhieran –ya he
dicho que podrá haber varios modelos-, etc., cuando quieran procrear, amén, y se
desatornillen, despeguen o arranquen, etc., consumado el intento. Aparte alguna
cuestión técnica de menor importancia, quedaría por resolver un problema algo
más peliagudo para dar el visto bueno a la empresa, a saber: que al ser todos
los pitos negros, quizá la gente se confunda, y al no saber cuál es ciento por
ciento el suyo el que llegue primero arramble con el más grande que vea, con lo
que del consiguiente follón derivado ardería la misma Troya de no estar ya
suficientemente ardida, pero ahora, en su defecto, podría arder África (y hasta
chamuscar al propio papa en su segundo viaje si alguien no le advierte). La cosa
se complica aún más porque al no estar cada quisque seguro del todo, igual al
procrear con su mujer resulta que está teniendo con ella los hijos de otro, con
lo cual hete ahí un follón aún mayor y vuelta a arder África.
Pero se me
ocurre algo antes de que me rechacen el plan que con tan buena fe aduzco; igual
que para cada pecado hay un perdón -incluido el de negar el holocausto-, para
todo desperfecto hay un remedio, y nadie mejor que el autor del plan para
componer el defectucho. Se me ocurre, pues, que durante la manipulación se
podrían obtener infinidad de variaciones de negro, y atribuirle a cada negro el
suyo; lo malo aquí es que al no usar preservativos porque no arreglan el
problema del sida los negros se han reproducido como hongos, y quizá no haya
tantas tonalidades de negro como negros hay, con lo que en cuanto se le dé la
última a uno de ellos, entre los demás se volverá a las andadas y, bueno, sí,
África arderá por tercera vez.
Pero se me
ocurren nuevas ideas-paliativo; por ejemplo, manipulación mediante, se podrían
obtener nuevas variaciones de los propios negros, y sacar algunos más claros,
pito incluido, y luego repetir la operación con los diversos colores hasta
obtener un sinfín de matices individualmente asignables. Pero es que, además,
caben nuevas posibilidades identificatorias. Como escribir el nombre de la
afortunada en el quita-y-pon correspondiente, lo que haría que fueran cuatro y
no dos los ojos a la hora de identificar, aumentándose aritméticamente las
garantías de dar en el blanco, con perdón. Es verdad que aquí podría surgir un
nuevo problema, a saber: que la afortunada fueran dos, o seis, o…, por lo que no habría bastante superficie
para escribir todos los nombres, sin contar con que alguna igual firma con el
título nobiliario, lo que requeriría aún más espacio. Y luego, además, está
también el hecho de que la afortunada puede tener a varios afortunados a su
disposición, razón por la cual quisiera ver reflejado su nombre en todo pito
viviente en la que ella tenga algo que ver, lo que achicaría aún más el espacio
identificatorio. Pero todo eso tiene una ventaja, porque al elegir el dueño del
artefacto los nombres a escribir, las que se quedaran sin el suyo ya sabrían que
son amantes de segunda, y así hasta el mismo corazón se habría hecho un gran
favor a sí mismo una vez conocida la jerarquía. Claro, eso quizá provoque alguna
batalla campal en el hogar, y si son varios los hogares de una misma ciudad en
tales condiciones igual sale ardiendo la ciudad (pero no toda África, repárese: a no ser,
cierto, que eso pasara en todas las ciudades, lo que nos llevaría a ver África
ardiendo por cuarta vez). Empero, nótese asimismo que cuantos más ojos miren,
más fácilmente se identificaría al pen-i-pón correspondiente, por
lo que al menos se estaría seguro de que los hijos son propios sin
más.
¡Arreglado, pues, el problema del
sida transitorialmente! Ya puede viajar tranquilo el pontífice a tranquilizar a sus
pobres, que hay que ver cuánto dan de sí los buenos de los pobres cuando se les
mantiene tranquilitos.
El papa dice que
el preservativo no arregla el sida. ¡Así es! Tiene toda la razón. Y tampoco arregla la fe,
si es que se le quieren seguir descubriendo defectos al malhadado
preservativo. Otro problema, cierto, que ni la misma Iglesia puede arreglar, por
muchos que sean sus méritos al respecto, pero está claro que no sólo somos
pobres cuando carecemos de bienes, sino también cuando nos esforzamos por ser
idiotas; en esos casos, la pobreza, como ciertas procesiones, va por dentro.
Total, que bien mirado en algo se parecen el preservativo y la Iglesia: ninguno
de los dos arregla la fe.
De todos modos,
quizá el papa debería haber introducido alguna reserva entre tanta generalidad,
porque si los preservativos no valen para arreglar el sida, sí que han preservado, cabe
legítimamente sospechar, a algunos obispos –no sólo de Norteamérica del norte o
del sur- de contraerlo (a no ser que se hayan limitado a no hacerlo público,
claro), porque méritos, también a ellos, tampoco les han faltado. En fin, que
alguna reverencia les debe muy probablemente el papa, y más respeto, por lo bien
que, presumiblemente, se han portado con algunos pastorcillos eclesiales
descarriados.
Otro rasgo
compartido del preservativo con la iglesia es que tampoco arregla el problema de los
obispos negacionistas, o sea, de esos para los que hay pena de excomunión por
negar el holocausto, y pese a ello van, lo niegan, se les aplica la pena y
luego, acto seguido, se les levanta (la pena, no vayan a confundirse). Bueno, ya
se les aplicó durante un rato, ya estuvieron excomulgados unas horas, se dirá,
suficientes para escarmentarse, seguro, pues menudo susto debieron pasar todo
ese tiempo, qué sinvivir pensando que igual la palmaban en esa condición. Es un
mal que no se le desea ni al peor enemigo, y ni siquiera a una de esas víctimas
que no hubo. ¡Vamos, yo, en lo personal, seguro estoy de que el próximo
holocausto ya no lo niegan! Éste ya lo negó, y negado está. El papa, no
obstante, seguro que ha hecho bien en levantarle el castigo; después de todo,
será muy papa, pero todos tenemos derecho a que los recuerdos del pasado nos
despierten nostalgias de los guten alten
Zeiten, de esos buenos viejos tiempos que
cantara hace ya sus añitos Wolf Biermann.
Para más inri, leo en el
mismo periódico el titular siguiente: “Dinamarca autoriza la adopción por parte
de las parejas homosexuales”. Y si bien el gobierno conservador ha esparcido un
poco de bruma en torno a posibles futuras adopciones de extranjeros, la
oposición ha sabido responderle oportunamente trayendo a colación el ejemplo de
Suecia, país que adoptó hace seis años una ley similar. ¡Qué malvados estos
daneses, y eso que parecían tan civilizados! Primero, con lo de las caricaturas
de Mahoma; y ahora, en pleno viaje, le dan un disgustazo al papa aprobando una
ley que contraviene la doctrina vaticana al respecto jodiendo irremisiblemente a la
mismísima iglesia en donde tanto duele: ¡y sin preservativo! |