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Si la muerte me llega,
no ha de ser para siempre,
yo revivo en mis coplas,
para ustedes.
(Ariel Ramírez, Félix Luna, Cantata Sudamericana. Intérprete: Mercedes Sosa)
En más de una ocasión he sentido que si la Tierra hubiera querido cantar habría elegido la voz de Mercedes Sosa. Es la más telúrica, me parece, de todas las que he escuchado, pese –o quizá, en su caso, por ello– a manar directamente del corazón. Una voz que por su potencia es compacta y aletea al tiempo por los aires descompuesta en mil hojas que la llenan de matices y colores, de guitarras y galopes, de lluvias y de olas.
A los pliegues de ese terciopelo, enemigo jurado del silencio, la indiferencia o el olvido, acudieron en busca de refugio el dolor y la alegría, la ternura y la nostalgia, el amor y la memoria, la tristeza y la esperanza; allí planteaban sus exigencias, rediscutían sus posiciones, medían sus posibilidades y mezclaban sus fuerzas, y metamorfoseadas en un arco iris de pasión, solidaridad, justicia y futuro se predisponían a la acción. Así, desde allí, transformadas en canciones de diversos géneros -chacareras, vidalas, zambas, etc., pero también tangos o pop-, volaban acompañando a los ríos o a las nubes por valles, abismos y cordilleras, o bien recitaban su brisa entre labios, ojos, pechos y manos, plegándose y desplegándose en el solar acordeón de aquella voz.
Una voz en la que la lírica del subcontinente –y de más allá- se hizo canción, el viento que trasladó los clamores contra la injusticia y las aspiraciones de unidad de sus autores más allá de las fronteras que, pretenden, sólo ficticiamente dividen a sus moradores. Una voz que fue también el principal yunque que forjó a letristas y cantautores, cualquiera que fuera su origen, como latinoamericanos, la madre que, uno a uno, susurraba en los oídos de tantos las palabras de muchos, la débil pero sentida llama custodiada por el corazón contra el poder de los nombres propios y de las historias nacionales. Mercedes Sosa fue la elegida por la libertad para poner militancia a la poesía, pero fue su voz la que puso poesía a la militancia.
Esa voz tenía ciertos poderes mágicos; era voz de la memoria, como dije antes, pero contenía una elevada dosis de sorprendente anestesia; al escucharla, arrullado por su belleza, reaprendías sin esfuerzo la canción del amor a Tucumán, donde vino al mundo, y desde ella Argentina toda devenía un paisaje del alma. Uno corría entonces el riesgo de olvidar que es también la sede de una clase política constituida por golpistas profesionales, delincuentes sobrevenidos o asesinos de vocación; que gángsters como Menem, digno rival en sus dotes de payaso de Berlusconi, fueron elegidos dos veces y demagogos saqueadores a la Kirchner otras dos; o que la orgullosa herencia peronista nos ha legado un rastrojo de pistoleros incrustados en los sindicatos (naturalmente, todo eso es culpa del FMI, del capitalismo capitalista o de otros culpables varios, nunca de quienes los eligieron o legitimaron). En una de ésas, precisamente, Mercedes Sosa tuvo que emprender el camino del exilio hacia Europa, como antes otros perseguidos europeos habían llegado a Argentina con el ánimo de rehacer sus vidas, confirmando por enésima vez que la intolerancia y esos crisantemos sociales que la acompañan, la persecución y el asesinato, se reproducen con esbeltez en la mayoría de los climas.
Nos quedan sus coplas, que nos sobrevivirán, y con ellas la riquísima galería de personajes esculpidos por el cincel de su voz en las entrañas del alma. Aquel alazán que sólo para nosotros subió desde el abismo hasta la lunita tucumana, en compañía de nuestro destino, aquel sueño lejano y bello en pos del cual peregrinamos; o aquella guitarra con cuerdas de melancolía, que nos acorta las noches tan largas, pobladas de sombras de sueños, al trasladarnos por un momento río arriba, donde nos esperan nuestros orígenes; o aquella Añera, esa tristeza tan antigua que parece haber nacido con nosotros y convertido por ello en la pena buena, que nos acompaña cuando somos conscientes de haber renunciado a tales orígenes por ideales que, al cabo, se esfumaron en el tiempo, dejándonos a solas rumiando nuestra melancolía mientras el caballo de nuestros pasos lleva lo que queda de lo que somos hacia un destino que no es el de nuestro peregrinar…, por recordar, aquí y ahora, sólo algunos de los poemitas con los que la voz de las musas cantó al patriarca Atahualpa Yupanqui.
Esas coplas suyas me seguirán trayendo a veces, como ayer, recuerdos de vida no vivida y deseos de cosas desconocidas. Y cuando Mercedes Sosa regrese en ellas para ofrecer su corazón, que llevaba siempre prendido en su voz junto al puñal ocasional o al sueño próximo, agigantará nuevamente el mío hasta el horizonte más lejano, como si la belleza en persona me ofreciera compartir su trono o la felicidad su reino.
Su voz, deslumbrante obra maestra del corazón, tenía la piel de Alfonsina, un alma vestida de mar. Era la voz de la tierra antes de abandonarnos a nuestra libertad para encontrar nuestra razón de vivir, velando en silencio desde el otro lado del espejo por que sellemos un pacto de amor al mundo que garantice el compromiso con él. Por eso y por tanto, al tiempo que damos gracias a la vida, la vida no cesará de darle las gracias.
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