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Es curioso que en un país como los Estados Unidos donde de izquierda marxista no ha tenido el menor arraigo, tres presidentes norteamericanos hayan sido tildados de socialistas. Naturalmente nunca fue un elogio sino un intento de diatriba.
En los casos de Woodrow Wilson y Franklin D. Roosevelt, los detractores se atuvieron a hechos que les parecían probatorios de desviaciones de la doctrina liberal, sobre todo en relación con la intervención del gobierno en la vida social, especialmente en la economía y, en el caso de Barack Obama, el juicio se deriva, además de por la forma como ha administrado la crisis económica, por presunciones ideológicas relacionadas más con sus palabras que con su gestión.
A diferencia de Roosevelt que actuó en respuesta a una crisis, Wilson lo hizo en forma de un escape hacia adelante, realizado mediante un conjunto de medidas adoptadas para asegurar material, política y jurídicamente la entrada de Estados Unidos en la Primera Guerra Mundial, que no consistió simplemente en sumarse a una operación militar aliada, sino que conllevó a una modificación doctrinaria en virtud de la cual, el país pasó de ser una nación para convertirse en un imperio. A partir de ese momento el teatro de operaciones norteamericano fue el mundo.
Decidido a romper con la política de aislacionismo indicada por George Washington, interrumpida brevemente por William McKinley en 1898 para apoderarse de Cuba, Filipinas y Puerto Rico, Wilson entró en la guerra europea con una fuerza decisiva: dos millones de combatientes al mando de Joseph Pershing que desembarcó en Europa sin subordinarse a ningún mando aliado ni contraer obligación alguna con otras fuerzas amigas. De hecho, Estados Unidos no se sumó a Europa sino al revés.
Para reunir semejante fuerza y dotarla de todo lo necesario: armas y municiones, carros de combate y transporte, buques militares y trasatlánticos, trenes y vagones, vituallas, aseguramiento médico y de todo tipo para acciones combativas que Estados Unidos nunca había librado y en teatros de operaciones a 4 000 kilómetros de distancia, Wilson tuvo que crear el ejército, reinventar el gobierno federal y pasar, no sólo la economía sino a toda la sociedad norteamericana a las condiciones de guerra.
Semejante viraje en una democracia liberal como la norteamericana, que regía un país apegado al federalismo, no habituado a la irrupción del gobierno en la vida social, requirió una profunda reforma y el empleo por primera vez de prácticas autoritarias, cosa que se hizo más perentoria porque el país y parte del stablishment, entonces no estaban convencidos de que arreglar al mundo fuera una misión de los Estados Unidos, a quienes les iba de maravillas en su cómodo aislamiento detrás de las barreras naturales que representan los océanos Atlántico y Pacifico.
Las reformas de Wilson comenzaron en 1913 con la creación de la Reserva Federal, la cual según todavía se afirma, usurpó la facultad que la Constitución atribuyó al Congreso para “crear el dinero” de los Estados Unidos, para lo cual fue necesario introducir la Decimosexta Enmienda que facultó al gobierno para recaudar el impuesto sobre los ingresos que los fundadores habían considerado intocables.
Seguidamente y con la vista puesta en la guerra, la administración y el Congreso se enfrascaron en la creación del Departamento de Comercio, el Comité de Industrias de Guerra y aseguró el frente ideológico, mediante la creación del Comité de información Pública encargado, a la vez de la propaganda y la censura, respaldado jurídicamente por las leyes para la represión del espionaje y la sedición que ampliaron las facultades del gobierno y redujeron los derechos de los ciudadanos. En analogía a lo que ocurría en la Rusia soviética, las políticas de Wilson fueron motejadas como “socialismo de guerra.”
Roosevelt, que asumió la presidencia en medio de la Gran Depresión, con apoyo popular aunque no del Congreso ni del Tribunal Supremo, usó los poderes presidenciales para organizar la intervención del Estado en la economía y usar a discreción fondos públicos para reanimar la producción y el consumo. La II Guerra Mundial y los desmanes del fascismo en Europa, pero sobre todo el ataque a Pearl Harbor, le desataron las manos. La combinación de paradigma de la democracia con la habilidad para aliarse con Stalin y Churchill y la inmensa prosperidad de que disfrutó el país que libró unido la II Guerra Mundial, le permitieron gobernar durante 12 años.
Con Barack Obama, la política norteamericana ha dado un importante cambio que puede o no dar otros frutos; cosa que podrá determinarse cuando termine de pagar la factura dejada por Bush en forma de dos guerras y una crisis y comience lo que pudiera ser su obra.
Con los mismos argumentos, la derecha lo acusa de socialista y la izquierda lo ataca por preocuparse más de los bancos que de los pobres. Ninguno ha explicado qué pudo haber ocurrido si la administración salva a los pobres y permite que colapse el sistema financiero y se abstiene de maniobrar para reflotar a las instituciones que forman el núcleo del sistema.
En un escenario así, tal vez Estados Unidos hubiera colapsado y arrastrado consigo no solo a los ricos y a los pobres, sino a la economía mundial. Hundir el imperio no es una hazaña si para ello es preciso inmolarse.
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