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Una carta contra la crisis PDF Imprimir Correo
Escrito por Antonio Hermosa   
07-05-2010

El presidente del Consejo Europeo, Herman Van Rompuy, y el presidente de la Comisión Europea, José Manuel Durao Barroso, recibieron una carta firmada por la Canciller alemana Angela Merkel y el Presidente francés Nicolas Sarkozy justo un día antes de la reunión, convocada para hoy viernes, de los Jefes de Estado o de Gobierno de la zona euro en la que se aprobarán las medidas financieras con las que sus socios confían ayudar al gobierno heleno a paliar la grave crisis por la que atraviesa, y que según voces más o menos interesadas amenaza con extenderse a otros países de la Unión.

La carta es ciertamente un documento de ocasión, dictado por la urgencia y, quizá aún más, por la significativa marcha adversa tomada por las declaraciones políticas y los hechos económicos, insensibles a las primeras: los políticos, en efecto, intentan quitar hierro al asunto y las bolsas se lo agradecen con espectaculares descensos por doquier. Pero la carta, pese a su naturaleza casi fungible, podría por su contenido aspirar a una vida más larga que la de aparecer un día en un periódico para olvidarse al siguiente. Y es que en ella no sólo se hace gala del deseo de las dos mayores economías de la Unión de ayudar al díscolo partenaire, sino que se aspira tanto a sacarlo del marasmo en el que actualmente se halla como a sentar las bases que eviten “la repetición de una crisis de este tipo”, en la propia Grecia o en cualquier otro país.

        
Es decir, la carta contiene, en esa simple declaración, el núcleo de lo que debiera ser un vasto programa económico cuya aplicación, caso de que ambos líderes se tomaran mínimamente en serio a sí mismos y a los demás, alteraría notablemente el statu quo. De hecho, se marca unos objetivos a corto y medio plazo que en sustancia constituyen otros tantos medios mediante los que realizar dicho fin. Todo empieza reconociendo la importancia del euro y su voluntad de preservarlo contra viento y marea, frente a agoreros que apuestan por la desintegración de la moneda común y frente a los vampiros que con tal de seguir chupando la sangre monetaria de la que se nutren les resulta indiferente tanto sus bondades pasadas como su inmediato porvenir.

        
Y como el euro no se toca y se quiere evitar la repetición de la jugada financiera, lo que viene a continuación es el empeño en “reforzar la gobernanza económica de la zona del euro”. Algo que, en realidad, palpita ya en el seno legal de la Unión, por lo que se trataría tan sólo de “reforzar y complementar el marco vigente”. La tarea se asignaría en principio a un “grupo de trabajo”, que evaluaría cualquier contribución al mismo, incluidas las procedentes de la Comisión o de los diversos Estados miembros. No obstante, quizá no sea necesario crear un cuerpo burocrático flotante que luego, una vez consolidado por su éxito, quizá exigiera sobrevivir y estaría en grado de chocar contra otras instituciones ya reconocidas. Al fin y al cabo, la “gobernanza” a que se aspira, vale decir, una mayor integración de las políticas económicas de los miembros de la Unión, sería asimismo el resultado de la iniciativa expuesta a mediados del pasado abril por el comisario de Asuntos Económicos y Monetarios, Olli Rehn, siempre y cuando las “recomendaciones” que la Comisión hiciera a los diversos países acerca de sus respectivas propuestas presupuestarias al objeto de mejorar su coordinación económica fueran algo más que simples recomendaciones. En ese caso, la propia Comisión o el Ecofín podrían servir como cantera para extraer el citado “grupo de trabajo”.

        
Es cierto que se debe preservar “el principio de responsabilidad presupuestaria de los Estados miembros”, lo que en principio parece avenirse mal con una mayor intervención de la Comisión en la confección y coordinación final de los presupuestos nacionales. Pero también es menester encontrar un punto de equilibrio entre ambos términos, y no vale aquí rasgarse jesuíticamente las vestiduras sobre la pérdida de independencia, o de simple autonomía, de los Estados en dicho proceso. A fin de cuentas, Europa es, precisamente, esa pérdida, y quien no lo reconozca así lo mejor que puede hacer es dedicarse a criar malvas. En este sentido, no deja de resultar descorazonador que sea en la preservación del euro, sea en el objetivo de la estabilidad económica, la carta resalte que eso es tarea de todos los Estados miembros. ¡Bienvenida la hora en la que la Canciller y el Presidente se dan cuenta de que Europa existe!: ¿de quién sería tarea si no, sólo suya, o suya y de algunos amiguetes algo desarrolladitos? Además, de ser la Comisión en lugar del Consejo el órgano que revisara las diversas partidas presupuestarias y coordinara las políticas económicas del conjunto, los Estados grandes tendrían menos oportunidades de tragarse a los chicos, del mismo modo que ante el ojo vigilante de dicho órgano todos tendrían menos oportunidad de escaquearse de sus deberes.

        
Ahora bien, la carta no se conforma con pedir más Europa al objeto de combatir la crisis actual y, sobre todo, prevenir las futuras; la carta, por otro lado, hace suya la idea de que dicha prevención resultará fructífera sólo si se “refuerza la regulación de los mercados financieros”, el territorio donde las bandadas de tiburones solitarios viven en estado de naturaleza. Es ahí donde, más dramáticamente aún que el terreno político en el que se dirimen conflictos de intereses, como el que actualmente enfrenta a Irán con Occidente, y más vergonzosamente aún porque se suponen que Occidente y el capitalismo, financiero incluido, estarían en el mismo bando, se entabla la lucha del derecho contra la violencia. Y es ahí donde una Europa reforzada por más Europa, por sus valores, su memoria, sus políticas sociales y sus fines, debe plantar cara al tiburón del dinero, cuya avidez es sólo parangonable a su cobardía, y a sus desalmados gestores, cuyo poder depende sobre todo de la libertad que se les concede y del miedo que se les reconoce. ¿Quién puede ser amigo o aliado de quien no respeta ni sus propios templos, como nos hizo ver ayer mismo Wall Street, de quien pesca vorazmente en río revuelto un mar de ganancias, y de quien ejerce poder suficiente, lo tenga o no realmente, para revolver el río?

        
Y quizá no estaría mal empezar desautorizando a las agencias de calificación, lugares merodeados por los tiburones en busca de carnaza, que tanto daño han hecho caprichosamente, entre otras razones porque el laissez faire que siguen gozando tras las contundentes pruebas de error y de corrupción dadas en un recentísimo pasado no sólo ilumina la dejadez reguladora de los Estados, sino su propia servidumbre ante ellas. Por decirlo de otra manera: subsistiendo como hasta ahora, emitiendo dictámenes que otros transforman en razias sin considerar siquiera si son correctos o legítimos, cuando no los compran sin más, devienen prestidigitadores que transforman la soberanía política en mera ilusión frente al poder económico.

        
La carta, en resumen, aspira a poner coto a la crisis griega y a prevenir el estallido de otras, dos proyectos inmediatos de acción para los que, junto a medidas de igual naturaleza, se requieren otras que, al implicar más Europa y mayor control de los mercados financieros y de las agencias de calificación, intentan asimismo recuperar la autonomía de la política frente a la economía devolviéndole su dignidad. Significa, más brevemente, evitar que economía de mercado se somatice como sociedad de mercado: que la democracia sea algo más que el apéndice político de la economía o, peor, la metástasis del capitalismo puro y duro por otros medios.


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