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Crisis nuclear iraní y nuevo orden internacional PDF Imprimir Correo
Escrito por Antonio Hermosa   
20-05-2010

La crisis nuclear iraní ha tomado de repente unos derroteros que no estaban en el guión. En efecto, antes de la reunión celebrada en Teherán el pasado 17 entre el primer ministro iraní y sus pares de Turquía y Brasil, Erdogan y Lula respectivamente, la pregunta era: ¿es posible detener el programa nuclear iraní? Después de la misma, la pregunta es: ¿cuánto tardarán en consolidarse las novedades habidas en el liderazgo mundial? Pero vayamos por partes.

Sin que nadie les diera vela en el entierro, salvo el propio muerto, en razón de sus sólidos vínculos comerciales con ambos y de otras razones, Erdogan y Lula han sellado un acuerdo con Ahmadinejad en virtud del cual Irán se compromete a trasladar a Turquía 1200 kgs. de uranio poco enriquecido, al 3.5%, que regresará a casita transformado en 120 kgs. de uranio enriquecido al 20%, donde tantos beneficios (civiles, se entiende) habrán de producir. El contentamiento, que diría Don Quijote, de los parroquianos ha sido tan general que aquéllos se han apresurado a hablar de victoria de la diplomacia, pidiendo en consecuencia que cesaran ya las sanciones a Irán; y a éste, ufano de haber empezado a seguir las directrices del Organismo Internacional para la Energía Atómica (OIEA), le ha faltado tiempo para escribir al Grupo 5 + 1 (Estados Unidos, Rusia, China, Gran Bretaña y Francia más Alemania) instando a sus miembros a reanudar las negociaciones en pro de un futuro más róseo.

        
Las reacciones iniciales de la comunidad internacional no podían ser más prometedoras: varios países emergentes han celebrado la derrota sufrida por la guerra a manos de la diplomacia; autoridades europeas, la rusa incluida, han visto una señal positiva en el hecho de que Ahmadinejad haya dado un paso lateral para volver atrás después de tanta huída hacia delante (cosa que ocurre cuando, cada vez que se habla, uno s’enmerde, como diría Brassens), y hasta el Almirante estadounidense James Stavridis, Comandante supremo aliado en Europa, retiene el acuerdo como “un desarrollo potencialmente bueno”, considerándolo “un ejemplo de lo que todos esperamos, esto es, un sistema diplomático que anime el buen comportamiento del régimen iraní”. Como lo oyen.

        
¿Y cuáles han sido las reacciones -por el momento- finales, es decir, las del Grupo 5 + 1 al acuerdo de marras? Proseguir con las sanciones, las más duras hasta el momento. ¿Orgullo herido? ¿Ganas de fastidiar? Algo de eso hay, sin duda, aunque haya mucho más. Cuando dos potencias emergentes pisan un coto –hasta ahora- vedado y logran un éxito cuando menos aparente, no sólo ha habido un acuerdo más en el concierto internacional: ha habido una pequeña revolución en el mismo en consecuencia de un acto normal. De pronto, y sin invitación al club de los selectos, dos potencias intermedias irrumpen entre las grandes presentando unas credenciales que avergüenzan a las primeras: han triunfado sin despeinarse donde aquéllas han sudado tinta para no obtener nada, salvo nueva crispación que añadir a la ya existente. Ésa es, al menos, la apariencia, y para quien vive en las apariencias, o de ellas, ésa es la realidad. Legitiman así sus deseos de cambio en un mundo en el que un puñado de amos confunden su poder con su derecho, sintiéndose por ende autorizados a hacer lo que quieran, por lo que prestan su apoyo a cuantos estén en disposición, material y mental, de alterar el cerrado statu quo que bajo la apariencia de igualdad y respeto entre las partes no acarrea sino injurias y servil subordinación para la mayoría. Esa actitud, unida a otras circunstancias, como la herencia del pasado o las necesidades del presente, permiten a las potencias intermedias hacerse más grandes sumando el poder del prestigio a su poder real y disfrazar más fácilmente su interés particular de razón.

        
Para Turquía, por ejemplo, que tiene en el Imperio Otomano un modelo de sueño con el que soñar despiertas las élites políticas, todo son beneficios, por cuanto su exitosa acción exterior, además de fortalecer su capacidad de intervención en el mundo árabe, irradia prestigio en abstracto al conjunto del país, esto es, ventajas tanto al gobierno como a la oposición; y Erdogan en concreto resulta el gran beneficiario de todo este movimiento, pues vuelve de fuera montado en el caballo blanco del carisma, cuya magia pronto hará reverdecer los laureles de grandeza del pasado, y le dota con nuevos recursos con los que, de un lado, superar el durísimo enfrentamiento con la oposición y, de otro, seguir condenando al silencio trágico algunos de los crueles episodios del heroísmo turco, como el genocidio armenio, en el que su fe nacionalista prepondera sobre la musulmana. (Ah, vaya, veo que se me olvidó Europa en este punto…).

        
Para Brasil, a quien Lula deja convertido ya en una gran potencia económica, el acuerdo supone un paso más en la carrera por traducirla en política, de extender al escenario del mundo un poder por el momento regional. Y el propio Lula, próximo ya a abandonar el cargo, podría coronarse con el reconocimiento universal dispensado a los elegidos. Título ése para el que se presenta con un aromático ramillete de méritos.

        
Para Irán el acuerdo supone la ocasión de mostrar su sensibilidad hacia soluciones diplomáticas, de convertir su política nuclear en amiga de la paz, de extender su influencia entre los vecinos y vencer suspicacias entre los afines; y en la figura de su presidente al caballero andante que desafía armado con una honda, con perdón, a los poderosos, que tienen los bolsillos llenos de armas nucleares: en un David, con más perdón, enfrentado a los goliats occidentales y a su réplica en territorio palestino.

        
Todo eso, insisto, es real. ¿Pero es la única realidad? Erdogan y Lula, tras la firma del Acuerdo, corren a decir al mundo que ya no son necesarias las sanciones a Irán. ¿Lo creen en serio? ¿Para ellos no significa nada que, para festejarlo, y con él el nuevo y pacífico rumbo que anuncia, el anfitrión proclame a los cuatro vientos que proseguirá con su labor de enriquecer uranio, cosa que de hecho se sigue haciendo en Natan? Y ya que estamos, ¿tampoco les causa recelo alguno la construcción de un reactor de agua pesada en Arak, o el ocultamiento de las instalaciones de Gom al OIEA? Y, cuando proclama que la energía nuclear se destinará sólo a usos civiles, ¿por casualidad no creen que, si puede, además de exterminar civiles serán sus prejuicios lo que le impidan usarla también para exterminar militares? ¿Creen asimismo que, si puede, se limitaría a ese país que en su opinión merece ser borrado del mapa?


Por cierto, ya se sabe que los derechos humanos son en dicha arena la primera víctima de la Realpolitik, que es el tipo de política por antonomasia practicada en ella; pero, al menos, ¿no podían haberle instado a tener un detallito con los derechos humanos durante su visita y que hubiera dejado tranquilos a esos cinco miembros de la oposición arbitrariamente encarcelados? No sólo: ¿en qué fundan su postura de creyentes frente a su interlocutor? Suponiendo que no sea en los intereses económicos que vinculan a sus respectivos países con Irán, ¿en qué, entonces? ¿Será quizá en que su única estrategia ha consistido en ganar tiempo y el medio empleado hacer promesas que violar después? ¿Constituye, pues, por sí misma la nueva, la establecida en el acuerdo, una profecía de su cumplimiento? Se sabe asimismo que, contrariamente a la apuesta kantiana, la paz y la democracia no pueden considerarse en relación de efecto y causa, puesto que todo Estado, persiguiendo su interés en la arena internacional, es en potencia un lobo para los demás; pero, por lo pronto, ¿no creen Erdogan y Lula que habría supuesto una fina señal de confianza para un país cuyo gobierno no ha cejado de incitar a la destrucción de Israel, ofrecer, a la comunidad internacional, ahora que se presenta como adalid de la paz, la cabeza de su presidente como garantía?


¿Y no les suscita sospecha alguna que cuanto ha acordado con ellos fue justo lo que los negociadores anteriores, los malos que querían sancionar a toda costa al débil, le ofrecieran en Viena el pasado octubre y que éste rechazó con destemplanza? ¿Ayer no y hoy sí? ¿Tan pronto se vuelve bueno lo malo? ¿Da lo mismo, en opinión de ambos, que saque de Irán ahora los 1200 kgs. de uranio, cuando ya ha enriquecido el doble, a que los hubiera trasladado entonces, cuando esa misma cantidad representaba las tres cuartas partes del total? ¡Misterio!


Dos preguntas más. La primera: ¿por qué no trasladar el uranio pobremente enriquecido a Rusia, que sí puede purificarlo, en lugar de a Turquía, que no puede hacerlo? ¿Afinidades musulmanas? ¿Pensarán purificar el uranio leyéndole alguna sura de El Corán, quizá por aquello de que, como dicen los creyentes, contiene respuestas para todas las necesidades de la vida? La otra: ¿y por qué precisamente a Turquía, rival histórico y actual, con el que se juega la influencia en el mundo islámico? ¿Un flechazo? ¿Durará siempre esta recién inventada amistad? Igual ésa es la razón, pero a mí me da en la nariz que, para Irán, la próxima posesión de la bomba atómica constituye un aliciente material con el que auto-recompensarse del prestigio que le está haciendo ganar a su actual socio y pronto renovado adversario.


Así pues, según cabe apreciar, motivos para dudar del cuestionado bocazas, e incluso de la actitud de los imprevistos mesías, hay, y por ende para aplicar nuevas sanciones -como hay motivos para dudar de su efectividad, visto los fracasos anteriores; pero no se olvide que, ahora, las desean todas las grandes superpotencias, incluidas Rusia y China, los dos mayores socios comerciales de Irán, antes siempre tibios en sus condenas y siempre partidarios de negociar y negociar hasta que la muerte nos separe en lugar de sancionar; y no se olvide, tampoco, que entre las medidas establecidas está la de inspeccionar los barcos sospechosos de transportar material nuclear con salida o destino a Irán, que, de ejercerse, infligiría un durísimo golpe a las veleidades atómicas del tiránico régimen de los ayatolás.


Ahora bien, que potencias intermedias como Turquía o Brasil no gasten en miramientos con tal de ser reconocidas como interlocutores válidos por las grandes no significa que para el mundo no resulte conveniente semejante reconocimiento. El cambio automático de la postura de países letales a los derechos humanos como Rusia o China en su relación con Irán demuestra por sí solo la conveniencia del mismo. El Sur, por lo demás, ya irrumpió y se ha instalado en territorios como el medio ambiente o las relaciones comerciales, donde sigue consolidando su autoridad y ampliando sus dominios: ¿por qué se iba a mostrar remiso a ocupar su lugar en la escena política y militar -sin excluir, probablemente, el sancta sanctorum del arma nuclear?


En suma, con independencia de los nuevos pasos que se den en el contencioso con Irán o del resultado final al que la crisis aboque, lo cierto es que, con su irrupción en recinto tan sagrado, Turquía y Brasil no sólo han elevado su estatuto internacional, sino que han abierto la puerta a posibles seguidores y, en definitiva, cuestionado la teoría y la práctica actual del orden internacional que rige el mundo desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Su descaro, esto es, la presión lógica de sus intereses, ha puesto patas arriba de golpe un sistema en el que el poder permanente de veto otorgado a cinco héroes concede a cada uno de ellos, llegado el caso, la mitad del poder total del puesto en juego en una decisión; y eso por aludir solo al vértice institucional de dicho sistema. En lo sucesivo, por tanto, será cada vez más difícil acallar sus voces, y las que vayan surgiendo, como la de la India o Japón, además de Alemania, cuando la comunidad internacional decida sobre asuntos que a todos conciernen. Ese primer paso dado en Irán ha creado ya una revolución en las relaciones internacionales, y será por tanto menester una contrarrevolución mucho más violenta, para devolver a la Humanidad al statu quo ante.


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