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En Oviedo se acaba de galardonar al Museo del Holocausto (Yad Vashem) de Jerusalén con el premio Príncipe de Asturias de la Concordia, precisamente dos años y medio después de su (re)inauguración, que tuvo lugar apenas dos meses después de la conmemoración del 60º aniversario de la liberación por parte del ejército soviético de Auschwitz, el símbolo quizá más universalmente reconocido del régimen nazi, ese “sistema criminal que –en palabras de Hannah Arendt- hizo del asesinato en masa, del exterminio de millones de personas, un deber legal”. Entre esos millones había individuos pertenecientes a diversas minorías: gitanos, disminuidos físicos, etc.; pero a una de ellas, la judía, se la persiguió con premeditada saña, como encarnación misma del mal que, por eso mismo, era necesario extirpar. Elie Wiesel lo resumió así: “no todas las víctimas eran judíos, pero todos los judíos eran víctimas”. Como se ha señalado una y otra vez, los anales de la historia nunca habían registrado un hecho semejante. Fue, en cuanto acontecimiento, un novum en todos los sentidos, un hecho real pero hasta entonces impensable. Recordar qué lo hizo pensable, y con ello posible, no es privarlo de su condición de novum: es sólo ponerle su historia.
Auschwitz, el mayor centro industrial de producción de muerte jamás ejecutado, y resultado de la convergencia de varios factores (una ciencia y una tecnología que se han evadido del límite moral que la Ilustración impusiera a su desarrollo; una ideología, la del racismo, que priva de atributos a enteras categorías de seres humanos, que anula por ende al individuo en medio del sujeto colectivo y que, así, termina por reducir la voluntad a razón, al tiempo que el mal, privado de su órgano, queda reducido a mero asunto biológico; un totalitarismo político en el que los subordinados, tan criminales como sus jefes, comparten los valores de los mismos; etc.), es la memoria perenne que nos recuerda qué fuimos -y qué seremos- capaces de hacer los seres humanos normales en determinadas circunstancias de violencia política burocráticamente administrada y sin duda repetibles. El mundo que hoy rememora Auschwitz es un mundo que en buena medida salió de ahí, y con la intención de nunca más volver. Naciones Unidas y la Declaración de Derechos Humanos, que prohibía entre otras cosas establecer diferencias por motivos de raza o religión; la propia Europa, lacerada sin tregua por la interminable sucesión de guerras civiles, a fin de erradicar de una vez por todas la guerra entre sus vecinos; o el mismísimo Estado de Israel son realidades todas ellas reconducibles en mayor o menor medida hasta aquel hecho mayor de la historia humana cuya memoria no sólo ha grabado con tinta indeleble la fisonomía del mal, sino que también cubrirá por siempre de oprobio a una generación de gobiernos –“las puertas de muchos países permanecieron bloqueadas para los judíos que querían huir”, recordó el entonces presidente israelí Katsav en la ceremonia de inauguración del citado Museo-, y aún por mucho tiempo llenará de vergüenza nuestra humanidad y declarará culpable la inocencia. A ese mundo, el museo inaugurado –mejor que reinaugurado, pues se han añadido otros tres mil metros cuadrados a los mil existentes- hace ahora dos largos años dicta lecciones en parte distintas, porque diversas son las relaciones de sus integrantes con el Holocausto, y en parte comunes. Distintas han de ser por fuerza algunas porque el antisemitismo culminó la milenaria violencia antijudía cristalizándola como raza, es decir, transformando la historia en naturaleza; y un hecho así no puede ser vivido del mismo modo por quienes lo padecieron como víctimas que por quienes lo ejecutaron como verdugos o lo posibilitaron como cómplices, fuera cual fuese su grado de complicidad. Donde aquéllos rememoran el hecho, lo objetivan en símbolos y cumplen puntual y diversificadamente con el ceremonial de la memoria, éstos aspiran o a que el tiempo siga con su función depredadora reduciendo Auschwitz a un episodio histórico más, o a que el dolor se mitigue trascendiendo su matriz judía como sufrimiento universal, o finalmente a que el olvido se siga reproduciendo como indiferencia entre quienes, más jóvenes, no lo padecieron. Mas también hay lecciones comunes derivadas del imperativo moral del nunca más que Auschwitz, símbolo del horror que el Museo recuerda para no repetir, instauró en nuestro corazón y de ahí propagó a nuestros principios y valores, grosso modo equivalentes a los del actual Estado de Israel; comunión ésta que responde al deseo original sionista de normalización –con su doble regreso, el de los judíos a Palestina y el de Israel, que renunciaba a su cualidad de pueblo elegido, a la comunidad internacional-, y a la que la existencia de un enemigo común dispuesto a aniquilar a unos y otros la sublima en destino. Así, y aunque el pasado pueda separar a Israel de una parte de Occidente, y le haga perder por tanto un retazo de su propia historia, el futuro, al que ningún museo puede dictar ley, tiene, como diría Kant, otros planes para los antiguos parciales enemigos. En la encrucijada actual, en la que la creciente inestabilidad en los países árabes -fomentada con la victoria electoral de Hamás y por los deseos de hegemonía de la élite gobernante en Irán- atiza la incertidumbre sobre su futuro y puede afectar negativamente al proceso de paz en curso, la solidaridad activa y comprometida con el mismo constituye uno de los preceptos derivados del citado imperativo moral; se lo debemos al pueblo judío en su conjunto y al Estado que lo representa en particular, y nos lo debemos a nosotros mismos: después de todo, Auschwitz sacó a relucir que milenios de cultura en general, y centurias de particular Aufklärung, no han podido domeñar la bestia que llevamos dentro y que sólo espera su momento para reaparecer. Puesto que -aún- no podemos cambiarnos a nosotros mismos, pero sí podemos cambiar las circunstancias, forma parte de nuestro interés y de nuestras obligaciones lograr que tal cambio fructifique e impedir su regreso. Así pues, el imperativo del nunca más al que el nuevo Museo da cuerpo tiene finalmente una traducción paradójica; toma a los viejos enemigos por su presente en lugar de por su pasado, y les insta a hacer juntos el testamento del futuro, so pena de una posible destrucción o, en cualquier caso, de calamidades terribles: y perfectamente pensables ante un enemigo que ha hecho del terror su política, que dispone de un poder ya hoy considerable, del deseo de aumentarlo y, lo más terrible de todo, de la voluntad de usarlo. Y, en este sentido, el Museo –cuyo contenido y distribución hace justicia a su significado poniendo en primer plano la visión de las víctimas- es una antorcha encendida que ilumina nuestra conciencia y su porvenir forzándonos a optar; ni podemos escondernos en nuestra impotencia ni dejar que nuestro remordimiento actúe por nosotros –como tampoco valen, en el otro extremo, los anatemas que condenan por antisemitas a quienes critican algunas medidas políticas del gobierno israelí de turno-. Hoy, cuando el proceso de paz entre israelíes y palestinos ha puesto en cuarentena los destellos de esperanza que emitía hace solo dos años, cabe calificar de exitosos en parte los esfuerzos de quienes entonces trabajaban por su fracaso como paso previo en su propósito de destruir al Estado judío; por eso hoy, insistimos, el apoyo a Israel y el compromiso con la paz debe ser política interior común de las grandes potencias del globo, al objeto de que la impía alianza que la tecnología –cuyo poder vuelve posible la repetición de un nuevo holocausto de otra manera- puede entablar con el odio se estrelle en sus objetivos ante la visión del contrapoder de una reforzada voluntad dispuesta a no ceder ante el terror y a no cejar hasta erradicar sus causas. Después será el futuro el que diga hasta qué punto quiere liberarse del testamento de la historia. |