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Las "venganza" de los prejuicios PDF Imprimir Correo
Escrito por Antonio Hermosa   
20-10-2010

Quizá Angela Merkel, bien por esa viscosa sustancia que suele segregar el poder cuando se accede a él, o bien por contagio de Sarkozy, o hasta del inefable Berlusconi, pues la madeja del renovado populismo europeo fácilmente es reconducible hasta ese rincón oscuro de la política democrática que es el Primer Ministro italiano; o bien por más de una razón situada más allá de la situación actual, como algún reflejo que se creía perdido de la política alemana, o porque es un tic permanente de la política en general y especialmente de la derecha eterna que la derecha civilizada lleva dentro, de esa que esconde su complejo de comunista pero sin paso de la oca y que en condiciones ordinarias se enfrentaría a cualquier Tea Party de ocasión.

Quizá Angela Merkel, digo, en su gusto por seguir calentando el sillón de Canciller, esté jugando demasiado fuerte con la condición de aprendiz de brujo presente en todos los humanos, pero más influyente y beneficiosa o temible en quienes ocupan los estratos más altos de la sociedad.

        
Antes de seguir aumentando la temperatura ambiente lanzando dardos a los musulmanes por cuestiones de presupuesto, de lanzar al ágora la patata caliente del problema de la integración social de los inmigrantes (turcos o parecidos) para llevar a cabo atropelladamente una nueva fusión fría con sus socios de gobierno, ahora que la situación política ha abierto brechas en la coalición democristiana-liberal y en el paisaje comienza a despuntar nuevamente una cabeza reconocible en la oposición, la científica Angela Merkel quizá debiera echar un vistazo hacia las ideas de esa Europa ilustrada que predicó la tolerancia religiosa a fuerza de apostar por la libertad; y que, en su fundamentación, sometió a una crítica radical todo ese inframundo ético y psicológico donde pace tanta agradecida oveja integrada en el rebaño religioso y en el político, con frecuencia, además, en un único y mismo acto.

        
Si lo hiciera, es posible la Canciller percibiera en la advertencia de Spinoza de que las creencias (religiosas) no son inocentes porque ponen a mano del tirano instrumentalizar la religión en su favor; o en la admonición de Voltaire a combatir la superstición porque tras el supersticioso se yergue con frecuencia la deletérea figura del fanático y tras éste, cuando ambos no coinciden, el cadáver humano del bribón –y aquí los purpúreos cardenales romanos servían de ejemplo excelente-, un material de primera calidad del que deducir más de un comportamiento político.

        
Y si todo eso aún le pareciese algo vago e informe –ciencia oblige-, entonces tiene permiso para releer estas formidables palabras del, junto a Lessing, el otro gran ilustrado alemán por antonomasia: Immanuel Kant. En su breve opúsculo sobre qué sea la ilustración, en efecto, Kant escribe lo siguiente: “(…) aquel público que anteriormente había sido sometido a este yugo por ellos [los tutores que aspiran a mantenerlo permanentemente en una minoría de edad], obliga más tarde a los propios tutores a someterse al mismo yugo; y esto es algo que sucede cuando el público es incitado a ello por algunos de sus tutores incapaces de cualquier ilustración. Por eso es tan perjudicial inculcar prejuicios, pues al final terminan vengándose de sus mismos predecesores y autores” (cursivas mías).

        
Aún no podemos conocer cuáles serán los efectos a largo plazo desencadenados por el aprendiz de brujo al destapar la caja de Pandora del prejuicio antimusulmán, pero sí podemos estar seguros es de que a corto y medio plazo un mayor encanallamiento, como decía Ortega, de la vida pública, un aumento de amenazas por ambas partes y más oportunidades para el repunte de la violencia islamista, relegitimada así para los nuevos adeptos a la cofradía del terror, se cuentan entre los efectos predictibles. Y esos augurios, por sí solos, bastarían, en Alemania, para inducir al cambio de gobierno.

        
Pero la venganza de los prejuicios llevaría sus consecuencias todavía más lejos en la vida pública, y mucho más allá de la propia Alemania. Entre los europeos, el velo de escepticismo, cuando no de puro y duro nihilismo, que difuminaría por el espacio de las convicciones democráticas el levantar la veda de la superstición y del prejuicio nos puede llevar a pensar y creer que la política, ni siquiera en las democracias, es capaz de tener un gesto heroico con sus ciudadanos y demostrarse diferente de la que sucumbe ante los dictadores; que los políticos, que se dicen los gestores elegidos de la cosa pública, pueden llegar a ser simplemente sus sepultureros si esa cosa pública defrauda sus intereses; y que, en el fondo, cuando ejercemos nuestra libertad y cambiamos de gestores lo que realmente estamos haciendo es renovar las cadenas de nuestra esclavitud. O por decirlo de otra manera: nos puede llevar a pensar y creer que en vez de hijos de la Ilustración somos en realidad sus huérfanos.

        
Merkel, desde luego, no es Sarkozy ni, mucho menos, Berlusconi; no se sabe ni aspirante a dios ni fantoche que goza rompiendo leyes o haciendo juegos malabares con inmigrantes, pero la tentación populista no dista demasiado ni de su antigua tradición comunista, ni de su cultura política ni de su actual profesión, que tan fácilmente la muta en vocación. Confiemos en que su buen sentido científico acabe predominando sobre la regla del todo vale para satisfacer el propio interés político; o, si no, confiemos en que sus correligionarios se lo hagan predominar. Quizá alguno de ellos se haya embebido de Weber y fuerce a la científica Merkel a introducir más la prudencia en su política obligándole a pensar en las consecuencias. Más nos valdrá a todos, tutores incluidos.

 


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